Mi libertad termina …

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos. Con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar cubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida. Y por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombre” (Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha).

Imaginemos a una persona sola en una isla. Esta persona es absolutamente libre para hacer lo que le venga en gana: cazar, no cazar; trabajar, no trabajar; ejercitarse o pasar el tiempo en ocio permanente; puede andar desnudo todo el día; cantar, gritar a todo pulmón; fumar, tomar, comer lo que quiera y hasta más allá de la saciedad. En todo sentido es absolutamente libre y goza de todas la ventajas de esa libertad; sin embargo, no disfruta de los beneficios de vivir en sociedad. ¿Cuáles son esos beneficios o ventajas? Son de dos tipos: los afectivos y los materiales o económicos. Los primeros incluyen los beneficios de la amistad, el amor, el sexo, la comedia, los juegos, y un largo etcétera. Los materiales incluyen la riqueza, en términos de bienes y servicios, que solo se puede generar en cooperación con otros, en sociedad.

Para poder disfrutar de esas ventajas, el individuo debe incorporarse en una sociedad, lo cual implica que ya no podrá gozar de la libertad absoluta que tenía en la isla, viviendo solo. Es decir, el individuo debe entregar parte de su libertad a cambio de las ventajas de vivir en sociedad. Para cada ser humano, lo óptimo sería tener la misma libertad del hombre solo en la isla, mientras disfruta de todas las ventajas de vivir en sociedad. Pero eso es imposible, ya que cuando los seres humanos comparten un espacio físico e interactúan, todos no pueden tener esa clase de libertad. Eso es obvio. La segunda opción consiste en tener la máxima libertad individual posible sin mengua en los beneficios de la vida social. ¿Cómo se logra eso? 

Se logra mediante la aplicación del siguiente principio: “mi libertad termina donde empieza la suya”; la libertad de Juan termina donde empieza la de Carla. Este principio equivale a demarcar una especie de círculo concéntrico alrededor de cada individuo; construir una especie de cápsula dentro del cual cada individuo es tan libre (o debería serlo) como si estuviera en la isla. Nótese que el círculo o la cápsula es imaginaria, conceptual; no podemos mirarla como si fuera algo físico; no obstante, conceptualmente existe y protege a cada ser humano. 

El espacio demarcado por ese círculo es absolutamente sagrado. Nadie debería violarlo. Cualquier invasión de ese espacio por parte de otra persona sin el consentimiento del titular es un acto de agresión, un acto inmoral, criminal. Por esta razón, las relaciones entre los individuos han de ser estrictamente voluntarias. Es decir, para relacionarse, los individuos deben salir de sus cápsulas o invitar a otros a entrar. Continuará.

 
 
DMS