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El comercio de la estupidez
Cuando Lawrence Harrison dice que el subdesarrollo
es un estado de la mente, se refiere, en parte, a que los pueblos
tontos o con gobernantes sin inteligencia están condenados a la pobreza
perpetua. La política de comercio internacional de países pobres
constituye una manifestación de este estado mental. Imagine el siguiente
cuadro: delante de una tienda de alimentos, una muchedumbre de pobres,
harapientos, realiza una manifestación en demanda de que el dueño les
aumente (sí, subir) los precios de alimentos que a duras penas pueden
comprar. ¿Qué calificativo merece este cuadro: demencia, estupidez
exacerbada, masoquismo? Pues esto es exactamente lo que hacen los
gobiernos latinoamericanos, incluyendo el nuestro. Han pegado el grito al
cielo, exigiéndole a la Unión Europea que elimine los subsidios
agrícolas. Lo que quieren es que los países desarrollados cobren precios
más altos por los alimentos que les exportan. Obviamente, algo anda mal
aquí. Claro, cuando los árabes ven esto y dicen “bien, ahí les va una
subidita del precio del petróleo”, entonces vuelven a pegar el grito al
cielo. Si nos venden caro, se enojan; sin nos venden barato, también.
¿Quién los entiende?
¿Cómo saber si este comportamiento está fundamentado
en la demencia, la estulticia, la perversidad o la inteligencia de esos
gobernantes? Para desentrañar el acertijo, veamos un caso hipotético,
aunque plausible, y dos posibles estrategias de comercio internacional.
Caso hipotético del arroz. Postulemos, para
simplificar, que el subsidio en países desarrollados es tal que se
podría obtener el consumo “normal”
de un año totalmente gratis, y que en Costa Rica se consume 200 000 tm de
arroz por año, con un costo de producción de $350/tm (incluye utilidad,
por lo que equivale al precio de venta). Con este costo de producción, el
regalo de 200 000 tm de arroz equivale a $70 millones anuales.
La estrategia (actual) del mínimo bienestar. En
vez de aceptar los $70 millones, la política de nuestros gobernantes
consiste en rechazar el regalo; es decir, exigir a los países
desarrollados que cobren $350/tm, prohibir la importación o imponer un
arancel equivalente a esos $350/tm. Antes que demencia o estulticia, este
comportamiento se debe a que el objetivo de dichos gobernantes no es
maximizar el beneficio de la sociedad (productores + consumidores), sino
únicamente el de la clase empresarial, a la cual ellos también
pertenecen. ¿Inmoral?
La estrategia del máximo bienestar. En lugar del
beneficio de sólo un pequeño grupo, esta política persigue maximizar el
bienestar de toda la sociedad. Consiste en aceptar las 200 000 tm de arroz
y venderlas en el mercado a un precio que permita recuperar las ganancias
(o utilidad) que hubiesen logrado los agricultores bajo el esquema
proteccionista. Supongamos que la utilidad normal es de $50/tm producida y
que normalmente producen y venden los 200 000 tm. Habría que entregarles
$10 millones. Esto implica que se podría vender (a los consumidores) cada
tonelada a $50 y entregar los $10 millones a los productores. Este esquema
es obviamente superior porque los consumidores se ahorrarían $60 millones
y los productores recibirían sus utilidades; no perderían. Lógicamente,
hay otras formas de distribuir los $70 millones entre estos dos grupos.
Nótese también que la ganancia en términos de bienestar social es mayor
que los $70 millones, ya que no se ha tomado en cuenta todo lo que se
podría producir con los recursos no dedicados a la producción de arroz.
Esta estrategia sería superior aún en los casos menos extremos (más
reales) donde se dan subsidios externos sin que el precio internacional
descienda hasta cero.
Afortunadamente, no todos los pueblos en desarrollo
sufren de este mal. Hace algunos años, en una reunión de ministros de
comercio exterior, un latinoamericano preguntó a su homólogo de un país
asiático que cómo manejaban ellos el asunto del dumping. Este
respondió: “¿Cual dumping? Si no es dumping nosotros no
compramos”. Es decir, si no es a precio de liquidación, ellos no
compran. Quieren a sus consumidores. Dos sociedades, dos actitudes
distintas. ¿Será por eso que las sociedades asiáticas con esta actitud
nos llevan tanta delantera?
Las evidencias parecen indicar de que la funesta
actitud de nuestros gobernantes con respecto al comercio internacional es
producto de una rara mezcla de perversidad, estulticia y complejos de
inferioridad.
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