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El dios mercado

Ante la disyuntiva estado o mercado, formulada con asiduidad en nuestro medio, los enemigos del ser humano y de sus derechos naturales optan por el estado, argumentando que el mercado es como un monstruo que, si no se vigila, interviene y regula, tiende a causar pobreza y otros males. Para evitar estas lacras, proponen recurrir a una instancia superior, infalible, de infinita compasión y sabiduría: el estado, una especie de divinidad que todo lo arregla. No obstante lo anterior, ellos acusan a algunos humanistas de endiosar al mercado, solo porque estamos absolutamente convencidos de que éste es infinitamente superior al estado. Aquí sostengo que el mercado es mucho más humano que el brutal estado y que la disyuntiva está mal planteada.

El mercado. Este consiste en una esfera o espacio en el cual intervienen seres humanos, de muy variadas condiciones y características, para intercambiar bienes o servicios (los oferentes venden; los demandantes compran) a precios negociados y de acuerdo con ciertos arreglos institucionales. Cuando no se entrometen fuerzas extrañas o malignas para limitar la esfera de acción de las personas involucradas -como fijar precio, cantidad o espacio geográfico-, se dice que el mercado es libre; es decir, en esa esfera, los individuos interactúan libremente. En este sentido, el mercado libre es absolutamente humano: está conformado por seres humanos, los cuales intercambian sus bienes y servicios de acuerdo con arreglos institucionales establecidos también por seres humanos. De ahí que una condena al mercado libre equivale a una reprobación de los seres humanos.

El estado. En el marco de la disyuntiva planteada, el estado es un grupo de personas (timoneado por la clase política) que, a raíz de ciertos arreglos institucionales, tiene el poder (coercitivo) para interferir en el intercambio de bienes y servicios entre otros individuos. Cuando lo hace, el mercado (y los seres que lo conforman) deja de ser libre y se convierte en un mercado intervenido. Los gobernantes o políticos suelen intervenir para cumplir simultáneamente dos roles éticamente incompatibles: el de regulador y el de oferente de bienes o servicios.

El estado regulador. Para justificar la intromisión, los ingenuos y los antihumanos aducen que en el mercado libre siempre habrá quien posea el poder necesario para violar el fair play que debe prevalecer si el proceso de intercambio ha de generar el máximo beneficio posible a todos los participantes. Por tanto, es necesario que el “dios” estado intervenga para restablecer el fair play, proteger a los más débiles. Esta es su teoría. En la práctica, el estado regulador suele obstruir el libre juego de los oferentes y demandantes, no con el fin de mantener el juego limpio, sino de beneficiar a la clase político/empresarial en detrimento de los más pobres. Este hecho es palpable cuando nuestros gobernantes fijan un elevadísimo impuesto a la importación de cierta carne con el fin de enriquecer a un solo político/empresario; pero este impuesto encarece tanto la carne que un multitud de pobres sólo la puede consumir una vez a la semana.

El estado empresario. La clase política, envuelta en el manto del estado, no se contenta con sólo “regular” los mercados para su beneficio; también participa en ellos como oferente de bienes y servicios, pero con una serie de prerrogativas que no obtendría ningún oferente en el mercado libre. En su doble y obsceno rol de juez y parte, los políticos no tienen empacho en decir: “a la porra el fair play, aquí mandamos y seremos tan desleales y rastreros como nos venga en gana”. Luego declaran que ellos serán los únicos oferentes de x o y servicio. Esta camilla utiliza las armas del estado para cometer las fechorías que no podría perpetrar el más despreciable de los seres humanos en un mercado libre. ¡Fatídico!

La verdadera disyuntiva. Queda claro que la disyuntiva mercado o estado es en realidad la de mercado libre -donde los seres humanos mejoran su condición al intercambiar valor por valor- o mercado intervenido -por una cleptocracia que se entromete no para cambiar valor por valor sino para llevarse valor a cambio de nada. El predominio en nuestra sociedad del mercado intervenido por los políticos es ominoso. Cuando una sociedad sustituye el código bíblico -no robarás, no violarás los derechos de tu prójimo, etc.- por el de los mafiosos, no puede más que descomponerse. En nuestro caso, lo peor está por venir.

 

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