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La estupidez e inmoralidad comercial

Cuando Lawrence Harrison dice que el subdesarrollo es un estado de la mente, se refiere, en parte, a que los pueblos liderados por gobernantes sin inteligencia están condenados a la pobreza perpetua. La política de comercio internacional de países pobres constituye una manifestación de este estado mental. Imagine el siguiente hecho: frente a una tienda de alimentos, un grupo de consumidores harapientos realiza una manifestación demandando que el dueño les aumente los precios de alimentos que a duras penas pueden comprar. ¿Qué calificativo merece este cuadro: demencia, estupidez exacerbada, masoquismo? Esto es exactamente lo que hacen muchos gobiernos latinoamericanos, incluyendo el nuestro. Han pegado el grito al cielo, exigiéndole a la Unión Europea que elimine los subsidios agrícolas. Costa Rica, aliado con otros 17 países pobres, exige que los países desarrollados cobren precios más altos por los alimentos que exportan. Esta es una pésima estrategia comercial.

Cuando los precios internacionales de los bienes de consumo (masivo) son típicamente bajos, por las razones que fueren, las autoridades de los países pobres tienen ante sí básicamente dos estrategias comerciales: aprovechar los precios bajos para aliviar la pobreza de la mayoría de su gente o desecharlos para enriquecer a una minoría.

Estrategia del mínimo bienestar. Si Costa Rica produce arroz a un costo de $400/tm y en el mercado internacional el precio es de $200/tm, el subsidio implícito para los consumidores ticos es de $200/tm. Al exigir a los países desarrollados que suban el precio del arroz -o imponer un arancel o impuesto a la importación de $200/tm-, los gobernantes rechazan el subsidio implícito en dicho precio y desaprovechan la oportunidad para beneficiar a la mayoría de la población. Esta es la estrategia del mínimo bienestar.

Estrategia del máximo bienestar. Una estrategia más inteligente y socialmente óptima consiste en aprovechar el subsidio implícito para repartirlo entre los productores y consumidores. Si los costarricenses consumen 200 000 tm/año de arroz, el subsidio total sería de $40 millones por año, un monto importante para una sociedad pobre. En vez de rechazar esta ganancia, el gobierno podría imponer un arancel, digamos, del 20 por ciento y utilizar los $8 millones recaudados para compensar a los productores por las utilidades no generadas (al no producir arroz). Así, los productores no perderían y los consumidores ganarían $32 millones. La ganancia en términos de bienestar social superaría los $40 millones, porque se podría producir otros rubros con los recursos no dedicados a la producción de arroz.

Problema moral. Si es tan evidente que la estrategia anterior es la que maximiza el bienestar de la sociedad (productores + consumidores), ¿por qué los gobernantes escogen la estrategia del mínimo bienestar social? La razón es que, a pesar de sus copiosos y falsos llantos por los pobres, su objetivo no es maximizar el bienestar de la sociedad; todo lo contrario: es maximizar el bienestar de un pequeño gremio empresarial (del cual ellos forman parte) y, de paso, minimizar el bienestar de todos los demás.

Queda claro, entonces, que los que están agolpados frente al establecimiento demandando incrementos en los precios de los alimentos no son los consumidores, sino los gobiernos en representación de cierto sector empresarial únicamente. Más que un problema de inteligencia, es un problema de moral. Otro gran factor del subdesarrollo.

 

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