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La violencia colectivizada
¿Cuáles son las causas de la crecida violencia y
salvajismo que estamos viviendo en el mundo? El psicólogo humanista
Abraham Maslow sostiene que la agresión es producto de la frustración,
de la insatisfacción de necesidades humanas fundamentales, lo que conduce
a la enfermedad mental, baja auto-estima y la agresión. Por su parte, el
filósofo humanista Jarret Wollstein señala que para identificar las
causas de la agresión, debemos examinar los factores que frustran la
satisfacción no violenta de los deseos y necesidades, y los que conducen
a las personas a ver la violencia como un método aceptable y eficiente
para lograr sus metas. Hay, según él, por lo menos siete factores:
la neurosis, el colectivismo, el gobierno, la envidia, la ignorancia, la
desesperación y la avaricia. Aunque todos son importantes, me
concentraré en el colectivismo y el gobierno.
Colectivismo e inocencia. El mito del colectivo
(base filosófica del comunismo, fascismo y socialismo) consiste en
dotarle a una colectividad una identidad por encima y aparte de los
individuos que la componen. Para los colectivistas, las personas no deben
considerarse a sí mismas ni a sus prójimos como seres humanos con
sentimientos y derechos, sino como piezas indiferenciadas del grupo
social, religioso o político (nación o país) al cual pertenecen. Una
gran parte de la violencia que vivimos actualmente en el mundo es el
resultado de la aceptación de este mito; particularmente la violencia en
forma de racismo y de guerra.
En medio de la orgia de salvajismo actual, las campanas
parecen doblar por los inocentes, pero la colectivización de los
sociedades, un acto de ultraje en sí mismo, no deja mucho margen para la
inocencia, pues ésta corresponde sólo a individuos. En realidad, la
determinación de quiénes son inocentes depende de la relación del
colectivo (1) con otros grupos o individuos, y (2) con miembros del propio
colectivo. En el primer caso, la colectivización no permite inocentes. Si
el grupo es considerado culpable, todos los miembros también lo son, y
cualquiera de ellos vale para las represalias. En el segundo -y aquí me
limito a países o estados- el colectivismo permite que ciertas camarillas
dentro del mismo conjunto utilicen el aparato estatal para violar los
derechos de otros. En este caso, cualquier individuo que patrocine la
violación o, incluso, que no la repudie y denuncie es culpable. ¿Acaso
se podría decir que son inocentes los que cerraron las vías y marcharon
para impedir que otros ejerzamos nuestro legítimo derecho a recibir
servicios telefónicos o de internet de fuentes que no sean los
políticos? ¿Acaso lo son los sindicalistas del INS que atacaron a un
grupo de costarricenses que protestábamos enfrente del edificio por la
violación de nuestro derecho a vender y comprar seguros libremente; o
todos los que apoyan o votan a favor de estas violaciones?
Terrorismo estatal.
Indudablemente, los gobernantes
inspiran y cometen la mayoría de las agresiones en el mundo. Por una
parte, violentan al ser humano a través de las guerras, el asesinato de
los enemigos políticos, la fatídica lucha contra las drogas, la censura,
etcétera. Por otra, frustran la satisfacción de las necesidades básicas
de la población mediante prohibiciones, impuestos, regulaciones,
requerimiento de permisos, interferencia con el comercio voluntario.
Quizás uno de los actos de violencia más oprobiosos de nuestro gobierno
es la monopolización de ciertas actividades económicas: telefonía,
internet, seguros, hidrocarburos.
¿Qué hacer? A estas alturas, los políticos
deberían saber que no pueden seguir frustrando nuestras legítimas
aspiraciones con monopolios como ICE, INS, RACSA, símbolos del nefasto
colectivismo, sin que pronto suceda algo dramático. Para reducir
drásticamente la violencia y evitar una tragedia en Costa Rica, debemos
ponerle fin, ahora, a las violaciones gubernamentales de nuestros derechos
individuales. Si yo fuera el Presidente, aprovecharía la coyuntura actual
para enviarle a la ciudadanía el siguiente mensaje: “Costarricenses,
sé que los políticos hemos monopolizado vilmente ciertas actividades
económicas; que esta monopolización es un acto de violencia, una
violación de sus derechos humanos que frustra sus legítimas aspiraciones
a obtener bienes y servicios y, además, proveerlos a otros; que esta
frustración puede conducir al tipo de sabotaje que hemos presenciado
recientemente y que no deseamos vivir en Costa Rica. Por tanto, decreto, a
partir de hoy, la abolición de dichos monopolios”. Esto podría ser
simbólico, mientras pasa la ley, pero ¡cuánta autoridad moral no le
daría!
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