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Un fallo acertado

No me han sorprendido las reacciones generales suscitadas por el fallo de la Sala Constitucional con respecto al uso obligatorio del cinturón de seguridad, pero sí la simplicidad y superficialidad con que una caterva de personas influyentes lo han interpretado. En esencia, los contrarios al fallo sostienen que, en la esfera estrictamente personal, otros individuos pueden obligarnos a aceptar ciertas disposiciones porque supuestamente son para nuestro provecho; lo que implica, ni más ni menos, que otros seres humanos pueden arrogarse el derecho de protegernos de nosotros mismos. (Y no incluyo a niños ni discapacitados mentales). Dicha postura hace que la discusión del fallo se convierta en una discusión de dos temas relacionados, pero totalmente distintos, a saber: si otros tienen el derecho de proteger al individuo de él mismo; y si la medida en cuestión es buena o no para el individuo. El tomarlos como uno sólo, crea confusión. Analicémoslos.

¿Tiene cualquiera el derecho de protegerlo a uno de uno mismo? La respuesta es un rotundo NO, por varias razones. Una, porque se le despoja al "protegido" de su esencia de ser humano y se le convierte en un guiñapo al servicio de otros. Dos, porque presupone la existencia de superhombres; o sea, seres humanos infinitamente sabios, infalibles, bondadosos e incapaces de hacerle daño al prójimo. No existen. Basta con recordar que para los gobernantes el cinturón de marras era un lujo y lo gravaron con impuestos prohibitivos, hasta que alguien se dio cuenta, no hace muchos años, que con la obligatoriedad se podía generar un negociazo (¿Superhombres?). Tres, porque dicha tesis está sustentada en una falsa premisa: Que, en general, otras personas tienen más interés en el bienestar de un individuo que él mismo. Un absurdo cuyo corolario es: toda persona ama al prójimo más que a sí mismo. Es decir, ¡Dios se equivocó!

¿El uso del cinturón salva vidas? Parece que sí, pero también puede matar. Recuerdo perfectamente la controversia que provocó en Estado Unidos el comprobar que centenares de víctimas mortales en accidentes de tránsito se hubieran salvado si no hubiesen utilizado el cinturón. El principio de riesgo de abuso (“moral hazard”) nos enseña que el individuo que usa el cinturón es más temerario al manejar que quien no lo usa. Actualmente, en EUA, a raíz de 80 muertes que ya ha causado, le están poniendo un dispositivo a los autos para que los "airbags" puedan ser desconectados por el individuo cuando lo estime conveniente. Por otra parte, un taxista me comentó recientemente que para ellos el cinturón es una trampa mortal, porque cuando son asaltados, lo primero que hace el delincuente es inmovilizarlos desde atrás con el cinturón.

Queda claro, entonces, que no se trata de concluir que los cinturones salvan vidas y obligar a todos a utilizarlos. El asunto es mucho más complejo. Para los sinceros, el verdadero dilema que se plantea es cómo asegurarse de que las personas no sean dañadas por nadie, ni por ellos mismos. No es posible. Pero sí se puede hacer algo infinitamente mejor que lo que han planteado los contrarios al fallo. Veámoslo bien. En realidad, hay dos únicas opciones. Una, que en lo estrictamente personal, otros seres humanos tengan la potestad de imponer su criterio al individuo, "por su bien". Dos, que en ese mismo ámbito, el individuo goce de control absoluto sobre sí mismo, pero no sobre nadie más. ¿Cuál es la mejor? Resulta obvio que es mucho más probable que Pedro le haga daño a Juan a que éste se haga daño a sí mismo. (Compare el número de crímenes con el de suicidios). De ahí que la primera opción, la preferida por los contrarios, y que es consistente con la errónea premisa de que toda persona ama a los demás más que a sí mismo, es la más perjudicial para el ser humano. El fallo, entonces, no trata de resguardar el derecho del individuo a hacerse daño, como increíblemente lo han interpretado muchos, sino de resguardar su derecho a impedir que otros se lo hagan. ¡Felicidades a la parte pensante de la Sala!

En todo este "affaire", además de insensatez, ha habido una alta dosis de insinceridad. Cuando veo a un policía de tránsito instalado como vaquero, a 15 metros de un cráter asesino, calibrando la velocidad de los conductores, me cuesta mucho creer que se desvela por mi bienestar. El día posterior al fallo, uno de ellos manifestó: "¿Ahora qué vamos a hacer cuando alguien anda suelto? Lo que haremos es pararlo y revisarle todo: licencia, marchamo, ecomarchamo, luces y hasta señales. En algo tenemos que agarrarlo." Muchos costarricenses ya han muerto por causa de los huecos en las carreteras, pero la reacción ha sido infinitamente menor. Los huecos siguen. Las muertes también. ¿Qué nos pasa?

Como miembro de una minoría, soy particularmente sensible al hecho de que, en lo personal, otra persona pueda imponerme sus disposiciones, "por mi bien". Cuando observo tanta mentecatez, cinismo y maldad, la sola idea me aterra. Es por esta razón que defenderé, con todo, mi derecho a confiar en mi propio discernimiento. ¡Antes muerto, que esclavo! Y lo digo en serio.

Rigoberto Stewart
(La Nación, C.R., 24/9/00)

 

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