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Gobierno y regulaciones

Sugerencias

En días pasados, varios contertulios concordamos en que si reemplazáramos los tres millones y tantos de ticos con otros tantos japoneses, escogidos al azar, en muy poco tiempo harían de Costa Rica una maravilla, compitiendo con todo mundo y viviendo en la opulencia, y que por tanto nuestro problema no es la falta de petróleo, o el FMI, o los precios del café sino nosotros mismos. Uno de ellos fue más, señalando que el problema no somos todos sino un nutrido grupo de burócratas y demás, y que con solo reemplazar a estos se lograría lo mismo. Al cabo de otra media hora de discusión, coincidimos en que, en realidad, bastaría sólo un puñado de buenos líderes (hasta ahora desconocidos por estos lares) para sacarnos de éste atolladero, y que con unos 20 japoneses en puestos claves lograríamos el milagro. Ahora, no cabe duda que hay más de 20 ticos conscientes de lo que hay que hacer para alcanzar niveles de desarrollo insospechados por muchos, pero estos no están en los puestos claves, además no tendrían la credibilidad de los japoneses.

Es obvio que la salida del tercer mundo descansa en saber donde estamos, adonde queremos llegar, y cómo llegar allí. Ahora, si nos ponemos a discutir si el gobierno, como un todo, sabe o no éstas tres cosas, no terminaríamos nunca. De ahí que prefiero concederle el beneficio de la duda y asumir que sí sabe donde estamos y adonde queremos llegar pero, a juzgar por los últimos acontecimientos, no está seguro del camino que se debe tomar o por donde empezar. Estoy convencido de que las medidas deben ser simultáneas, tal como lo planteó la ANFE recientemente o como lo planteara don Mario Vargas LLosa para el Perú, pero hasta ahora no hemos tenido ese tipo de liderazgo visionario, ese tipo de estadista, capaz de llevar esto a cabo. Entonces, hay que ir por partes, paso a paso, cauteloso, pero el viaje debe empezar. ¿Por dónde?, ¿cómo?. Para responder a éstas preguntas paso a formular lo que serían los primeros pasos de esa larga caminata; pasos que pueden y deben darse YA, sin más discusión, sin mas dilaciones, sin más cálculos.

Universidad. Eliminar las becas a estudiantes con menos de 8 de promedio y a todos aquellos que han o debieron haber terminado el bachillerato, pues, con un bachillerato en mano ya debieran poder costear sus estudios ulteriores; si no, ¿de qué ha servido tanto subsidio? Con esto estaríamos subsidiando, por medio de becas, a verdaderos estudiantes y estaríamos invirtiendo en nuestro futuro y no fomentando el vacilón, como hasta ahora.

Seguros. Eliminar de un plumazo el monopolio estatal, permitiendo la participación del sector privado, el verdadero generador de riquezas y bienestar. Esto tendría la virtud de generar mucho empleo y riquezas, y facilitaría la movilidad laboral. No se puede pretender tener movilidad laboral sin abrirle espacios al sector privado para que cumpla su función.

Granos. Si se ha de proteger la producción de arroz y frijol, esto se debe hacer vía un arancel a la importación y no como se hace ahora. Paralelamente se liberaría todo la comercialización, para que nuevamente el sector privado pueda cumplir su función, con reglas bien claras y con espacio para maniobrar. Con esto se lograría dos cosas importantes: la protección a la producción de arroz, que tanto desvela a los gobiernos de turno, y gran eficiencia en la producción y comercialización (dándoles a los arroceros la posibilidad de contratar, producir y exportar cuando la coyuntura internacional así lo indica) y generando empleo y riquezas, sin los costos que ahora incurrimos a cambio de nada.

Banca. Eliminar el monopolio estatal sobre los depósitos a la vista. Esto no perjudicaría a nadie y, por lo contrario, generaría empleo e ingresos y reduciría los costos de intermediación; a la vez que contribuirá a la repatriación de capitales que el sector privado tanto necesita.

Quisiera concluir estas sugerencias diciendo que he llegado, después de varios años de meditación y de buscar una explicación a tantos desafueros, a tantas insensateces, a la conclusión de que, en el fondo, en el puro fondo, muy por debajo de las capas donde se manifiestan los intereses personales, gremiales o creados lo que motiva nuestro comportamiento, nuestras políticas, es nuestra convicción, congruente con nuestro profundo complejo de inferioridad, de que no merecemos progresar y vivir mejor, que no somos dignos de ciertos niveles de vida, de vivir en orden y limpieza, con suficiente y buenas cosas para todos. Si esto es cierto, y Dios quiera que esté totalmente equivocado, ruego a todos, y en especial a los políticos en posición de implementar las medidas citadas, que ignoren éstas sugerencias y que sigamos en el vacilón, el lloriqueo y la mendicidad internacional.

Rigoberto Stewart

(La Nación, C.R., 14/11/91)

 

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