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Sesgo anticonsumidor

El proteccionismo agropecuario es la manifestación pura de la preeminencia de los productores y de la poca valoración de los consumidores, en materia de políticas, en América Latina. En esencia, este proteccionismo, que consiste en erigir barreras (arancelarias y no-arancelarias) contra la importación de productos agroalimentarios, se implementa con el fin de evitar que los productores nacionales tengan que competir con los productores de otros países, para proveer alimentos a los consumidores nacionales. Es decir, con el propósito de favorecer a los productores nacionales, los gobernantes impiden el libre comercio. Crean un cerco protector --de los productores-- alrededor del país. Pero, ¿por qué lo necesitan? El argumento esgrimido desde que se popularizó esta política, es que, muchos factores, tales como pequeñez del país, mala infraestructura, costos elevados, tecnología atrasada, baja productividad, entre otros, disminuye la capacidad de los productores nacionales para competir.

Es interesante notar que los defensores del proteccionismo agropecuario en ningún momento toman en cuenta las atribulaciones del consumidor --la otra mitad de la ecuación. Prefieren ignorar, por completo, que las mismas distorsiones de la economía, disminuyen su capacidad para aprovisionarse de alimentos; o sea, para "competir" --si se quiere usar el mismo término. Para ellos, él consumidor no importa. Nunca ha importado. Por eso se dice que la política agroalimentaria latinoamericana tiene un sesgo anti-consumidor, y se reconoce que éste es una de las grandes causas de la postración de América Latina.

Sus atractivos. No hay duda de que el proteccionismo agropecuario tiene muchos atractivos para nuestros políticos. Por una parte, faculta a muchos mediocres e ineptos para tomar decisiones sobre cosas tan importantes, como si se permite o no la importación de un determinado producto agroalimentario. Este poder, por el cual muchos matarían en América Latina, enloquece a los mediocres; en parte, porque les ofrece la oportunidad para enmascarar sus deficiencias y complejos, y les proporciona la posibilidad de figurar, de sentirse alguien. Sin duda, hay otras formas de figurar, de ser alguien. Una sería convirtiéndose en exitosos hombres de negocios, o en científicos. Otra sería, iniciando una cruzada para limpiar nuestras inmundas ciudades. Pero estas formas de lograrlo significarían trabajo, esfuerzo, y quizá la aplicación de la inteligencia que no poseen. De ahí que su refugio natural es un puesto público, donde no se requiera emplearse a fondo, esforzarse, o usar la inteligencia. Ahora, para satisfacer a esa legión de chupópteros, hay que inventar la mayor cantidad de puestos públicos posibles, y una forma de hacerlo es obligando a los ciudadanos a necesitar quiénes les digan lo que es permisible o no importar, o cuándo y en qué cantidades; quiénes les den permisos, timbres, etcétera, para la cosas más insignificantes de la vida. Esta es una de las razones de ser del proteccionismo.

Ese, sin embargo, no es su único atractivo. Hay dos más. El primero, congruente con la creciente deshonestidad de los funcionarios, consiste en la facultad de favorecer a ciertos grupos --normalmente amigos, allegados o co-partidarios--, en claro detrimento de la gran mayoría. El segundo, es la oportunidad que le ofrece al funcionario o jerarca para enriquecerse, mediante los múltiples permisos que puede o no otorgar. Muchos gremios o individuos están dispuestos a "invertir" cientos de millones de colones para lograr una subida (o no reducción) de aranceles; y muchos jerarcas latinoamericanos someterían, sin hesitar, al grueso de la población al hambre y a la miseria por 30 monedas de oro.

Hace poco, un ministro de agricultura centroamericano se vanagloriaba porque había logrado negociar aranceles de entre 80% y 150%. Pedía más. Ahora, desde el punto de vista social, ese "éxito" es equivalente a ufanarse porque uno quería cortarse cinco dedos y logró, por medio de una hábil negociación, que le permitieran cortarse tres. No en vano, decía Einstein que "los gobernantes no pueden ser considerados como representativos de los mejores elementos morales e intelectuales de sus respectivas naciones".

Un estudio de la pobreza y las políticas en ese mismo país centroamericano, concluyó que a raíz del proteccionismo agropecuario, el país utilizaba 1,6 millones de hectáreas de tierra para generar una utilidad social de -US$20 millones anuales (sí, negativo); y que sin el proteccionismo hubiese generado, en esa misma área, utilidades sociales equivalentes a US$2.000 millones anuales. ¡Cuánto sufrimiento no se hubiera evitado!

Rigoberto Stewart

(La Nación, C.R., 10/12/96)

 

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