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Privatización: un imperativo moral

En su artículo Vender en mal tiempo, don Rodrigo Carazo señala que por más atención que pone no oye ninguna razón valedera para vender ICE, INS y otros. Su tesitura me recuerda que no hay peor sordo que el que no quiere oír, porque los argumentos valederos han sido repetidamente formulados, en especial los de orden económico. Se ha señalado, por ejemplo, que además de que los monopolios estatales brindan menos servicio o de menor calidad y cobran más caro que lo que cobrarían en competencia, absorben recursos que serían mucho más productivos socialmente en otras áreas. Es decir, la privatización de los monopolios estatales liberaría recursos que los gobiernos necesitan con urgencia para ampliar y mejorar las obras de infraestructura, así como brindar otros servicios indispensables para el desarrollo. No tiene sentido que un gobierno mantenga una millarada de dólares "amarrados" en actividades productivas en las cuales el sector privado está ansioso por invertir, mientras carece de suficiente infraestructura y de otros servicios públicos. ¿No son válidas estas razones?

Otros considerandos. Más allá de la indiscutible conveniencia económica, existen al menos tres razones de orden moral que obligan la privatización de las empresas estatales. El derecho humano a la libertad económica implica que cada individuo debe gozar de absoluta libertad para adquirir los bienes y servicios que le sean ofrecidos --sin importar que el oferente sea nacional o extranjero, el Estado o un agente privado, ni si está ubicado dentro o fuera del país. Igualmente, toda persona debe gozar de absoluta libertad para ofrecer a sus conciudadanos el servicio que desee, siempre que no medie la fuerza ni el engaño. Además, actuar como juez y parte es una inmoralidad. Y esto es exactamente lo que ocurre con las empresas estatales: el estado --léase la clase política-- es el regulador (juez) y a la vez el productor de bienes y servicios (parte) que él mismo regula. Si no existieran otras razones, esta sola sería suficiente para exigir la privatización de esas empresas. Esto, en una sociedad decente.

Estas consideraciones éticas nunca han sido tomadas en cuenta a la hora de discutir la conveniencia de que el estado sea empresario ... y monopolista. ¿Por qué? Porque guiados por la generación de políticos de la segunda mitad de este siglo, nos hemos convertido en una sociedad vacía de moral, de reparos éticos. No podemos esperar este tipo de consideraciones de una clase capaz de saquear los Fondos de Emergencia, Aviación Civil, Banco Anglo, Fodesaf y tantos otros; de obligar a los pobres a subsidiarla por medio de los CAT; de fijar un arancel de 109 porciento a la leche, o de 275 porciento al pollo mientras dice preocuparse por los pobres. Tampoco podemos esperar que el señor Carazo, miembro prominente de esa clase, considere esas razones éticas como valederas.

Cómo privatizar. Conociendo bien a sus compañeros de andanzas, don Rodrigo se preocupa, con justa razón, por que no se vendan los activos a precios de liquidación. Nosotros también. Esta es la razón por la cual hemos propuesto que en lugar de vender esas empresas directamente, se le entregue a cada ciudadano una acción equivalente a la parte proporcional que le corresponde, incluyendo activos y pasivos. Con la acción en mano, el individuo podría emitir su voto para determinar qué hacer con la empresa. Podría vender su acción a otra persona o empresa interesada en el negocio; guardarla como un activo y funcionar como accionista con derecho a voto y participación en la dirección de la empresa; o canjearla por acciones de otra empresa. Nótese que esta forma de privatización y la apertura del mercado son inseparables.

¿Cuáles son las bondades de esta propuesta? Esta opción no solo toma en cuenta el aspecto económico/financiero, sino que da prioridad al aspecto moral, basado en auténticos derechos de los ciudadanos. Es humana y auténticamente democrática, porque permite que cada quien tenga lo que prefiere, y no se obliga a todos a preferir o poseer lo mismo, como ocurre con los monopolios estatales. Se convierte a los costarricense por primera vez en auténticos dueños de empresas, dejando atrás la retórica demagógica que tanto le gusta a don Rodrigo; también da oportunidad para que sean esos dueños y no un puñado de políticos y sindicalistas los que decidan qué hacer con la empresa. Además, los políticos no podrían beneficiarse del proceso, robarse nada. Por último, elimina la violación de auténticos derechos, lo que es sumamente necesario para mantener la paz en cualquier sociedad. ¿Que no hay razones valederas?

Rigoberto Stewart
(La Nación, C.R., 13/10/98)

 

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