No hay duda de que los ticos constituimos una sociedad
confundida, enmarañada, inconsistente, autodestructiva y frecuentemente
mezquina e injusta. El affaire Intel lo comprueba. En este asunto,
con ribetes de tragicomedia, se destacan dos bandos: un gobierno
inconsistente, obsequioso con los extranjeros y las compañías
transnacionales pero implacable y desdeñoso con los nacionales;
especialmente los ciudadanos. El mismo gobierno que está llamado a velar
por la supuesta igualdad ante la ley, subsidia tarifas eléctricas por
cientos de miles de millones a compañías extranjeras pero no vacila en
cortarle el servicio a cualquier ciudadano que se atrase con el pago de
¢1.000. Cierra negocios y atosiga a los ciudadanos sólo para sacarles
impuestos que luego entrega a manos llenas y en forma gratuita a las
transnacionales (ejemplo, CAT a los exportadores de piña). ¿Es esto lo
mejor que podemos hacer, 500 años después?
El otro bando está compuesto por una representación
del pueblo, intransigente con todo lo que involucra la empresa privada, en
especial si se trata de compañías extranjeras. No sé si lo que alegan
es justificado, pero me llama la atención nuestra inconsistencia. No nos
unimos para exigirles a nuestros gobernantes que dejen de verter las agua
negras, sin tratar, en los ríos. ¿Será que ello no afecta la salud?
Tampoco lo hacemos para exigir carreteras y calles sin huecos asesinos.
Además, toda Costa Rica es una especie de cloaca abierta; basura e
inmundicias por doquier. Sin embargo, todo esto no importa, pero sí lo
que supuestamente puede causar Intel. ¿Por qué será?
Tal como lo he señalado en esta misma página, lo
correcto y justo sería que el gobierno trate a todos por igual, a
nacionales y extranjeros; o sea, sin privilegios para ninguno. Sin
subsidios ni sobreprecios. (Por cierto, don Danilo Arias, hasta los
políticos ahora aceptan que el gobierno ha sido obsequioso con Intel).
Por parte del pueblo, lo correcto sería que defendamos nuestros derechos
con vigor, pero asumiendo responsabilidades. Una de estas
responsabilidades es la obligación de saber cuáles son nuestros
legítimos derechos y cuáles no; otra, es ser consistentes y
consecuentes. Si vamos a exigir estudios de impacto ambiental y medidas
correctivas, tenemos que hacerlo con todos: tanto la empresa nacional como
internacional y, primordialmente, con el mismo gobierno. No debemos
dejarnos guiar por la envidia, mezquindad, ignorancia y complejos. Así,
seguiremos sumidos en el subdesarrollo y la miseria.
Rigoberto Stewart
(La Nación, C.R., 28/10/97)