Nuestra proverbial incapacidad para identificar lo que
es un verdadero negocio para la sociedad es una de las causas importantes
de nuestro estancamiento económico. En concordancia con nuestra estrechez
mental, dejamos escapar los negocios jugosos mientras nos concentramos en
los chiquiticos; o sea, por deformación mental, somos peseteros.
Permítanme utilizar el caso del ICE para formular mi argumento. Con
demasiada frecuencia escuchamos que el ICE es un gran negocio y por eso
lo quiere la empresa privada, solo que ésta quiere tomar solamente la
parte rentable y dejarle al Estado la otra parte, la social, la que deja
"pérdidas". Uno puede justificar este planteamiento cuando
proviene del ciudadano común, aduciendo que la propaganda oficial lo
tiene mal informado, pero cuando lo enuncian los jerarcas, como en efecto
ocurre, el asunto es grave, pues indica que los que se han arrogado la
potestad de regir nuestras vidas hasta en los asuntos más triviales, no
entienden de la misa la media.
Entremos en materia. Desde la perspectiva social, el
ICE no es el gran negocio, ni siquiera es un buen negocio. ¿Por qué?
Porque en condiciones normales --y esto va muy simplificado--, el retorno
al capital invertido en el ICE tenderá a ser equivalente a la tasa de
interés real de la economía. Si esa tasa es del 12%, el retorno a la
inversión en el ICE será cerca del 12%. Allí no hay ningún gran
negocio. Ahora, la única forma de lograr un retorno mayor a esa
inversión es utilizando el poder monopólico del ICE, porque, además de
invertir menos de lo socialmente óptimo, el monopolio puede extraer mucho
dinero de los usuarios en la forma de tarifas altísimas y depósitos
previos. (Aquí se ha cobrado hasta $700 por un derecho que se materializa
dos o más años después, en tanto que en otras partes el derecho es de
$12 y se materializa el mismo día). Debemos notar que en este caso el
incremento en el retorno a la inversión es producto de una exacción; es
una transferencia neta de los usuarios a la empresa, al Estado. Es como un
impuesto. ¿Es ese un gran negocio para la sociedad? No, no, no.
Para la sociedad como un todo, el inmenso negocio no lo
constituye la empresa como tal, sino el servicio que ésta recibe
y, desde esta perspectiva, no importa quién sea el servidor ---puede ser
privado o público, nacional o extranjero. Una línea telefónica, cuya
instalación cueste, digamos, $1.000, puede generarle a la sociedad 50 o
100 veces su valor a través del servicio. ¿Cómo? Facilitando la
comunicación: evitando viajes innecesarios, facilitando negocios,
evitando muertes, etc. Este es el verdadero negocio. Aclaro con un
ejemplo más sencillo. Imaginemos una situación en la cual la Región A
está completamente separada del resto del país por un río de 2km de
ancho. En un primer momento no hay un servicio que conecte las dos partes,
de ahí que los productores de la Región A no pueden vender productos al
resto del país que les depararía ingresos netos en la cantidad de ¢50
millones mensuales. En un segundo momento, un individuo pone a funcionar
un "ferry" (privado) y cobra, digamos, ¢1 millón al mes, a
pesar de que sus costos solo llegan a ¢100.000. El tiene un buen negocio.
Pero este es el menor de los negocios. El gran negocio está en los ¢49
millones, en utilidades, que ahora generan los productores de la Región
A. Pero eso no es todo. Los productos de la Región A también generan
bienestar en el resto del país, puesto que para los consumidores, esos
productos valen más que lo que pagan. Este es el gran negocio;
pero nuestros jerarcas no lo entienden (el Art. 46 de la Constitución
así lo atestigua). Ellos están segurísimos de que el gran negocio es el
ferry, y por eso, en un tercer momento, intervienen, no para
promover la competencia privada (lo que aumentaría el verdadero negocio),
sino para tomar el ferry y operarlo como monopolio estatal. Poco después
suben la tarifa a ¢2 millones; luego, por lo de siempre (problemas de
mantenimiento, etc.) el servicio se torna cada vez más irregular, hasta
regresar al punto de partida: incomunicación total. Arruinan el gran
negocio. Allí está el ferrocarril, por si hay dudas.
A todas luces, es mucho más rentable, socialmente, que
los privados inviertan en lo que es rentable para ellos y que el Estado, a
través de impuestos pagados por esas mismas empresas, financie lo que
desde el punto de vista privado es un mal negocio. Este resultado se da
por dos razones: porque se incrementa la cantidad del servicio y, por
ende, el gran negocio, y porque el dinero no invertido en esas empresas
puede generarle a la sociedad retornos económicos mucho más elevados si
es invertido en, digamos, carreteras. Así se gesta el desarrollo.
RIGOBERTO STEWART
(La Nación, C.R., 17/8/96)