Un buen día, mi amigo Luis se dio cuenta de que en Europa
pagaban buenos precios por varias especies de plantas ornamentales y
flores tropicales y de inmediato hizo todo lo necesario para iniciar la
producción y exportación de Heliconias. El negocio es bueno y él gana
mucho dinero. Su esfuerzo ha sido aplaudido por el Gobierno, el cual, como
muestra de su admiración y cariño, ha obligado a los demás
costarricenses a donarle a mi amigo Luis el equivalente al 15% del valor
de todo lo que él exporte. Ahora, él gana mucho más dinero y está
contentísimo.
Otro buen día, mi amigo Santos, con base en su propia
investigación, se dio cuenta de que el precio internacional del frijol
sube una barbaridad durante un ciclo anual, y decidió producir
específicamente para aprovechar una ventana de buenos precios que se abre
en un país suramericano precisamente durante el mes en el cual el precio
internacional llega a las nubes. Hizo todo los contactos y arreglos
necesarios e invirtió en el proyecto. El negocio parecía bueno, pero
cuando llegó con los frijoles al puerto, se encontró con que el día
anterior un ministro, unilateral y antojadizamente, había prohibido la
exportación. En este caso, su gestión empresarial y, sobre todo, sus
agallas para arriesgar su dinero en una empresa que creó fuentes de
trabajo, no fue avalado por el gurú de turno. Salado. Y yo que creía que
mis dos amigos eran iguales ante la ley.
A raíz de la misma investigación de mi amigo Santos, la
Asociación Iroquiana de Amas de Casa se dio cuenta de que podrían
adquirir del exterior frijoles baratísimos durante la época del año en
que los precios tocan fondo y, ejerciendo lo que creía que era su
derecho, decidió importar una buena cantidad para el consumo de sus
asociadas, durante el resto del año. Su sorpresa fue grande al darse
cuenta, ya cuando los frijoles venían de camino, de que un ministro
había decidido prohibir la importación del frijol, según él, para
proteger a los productores nacionales, incluyendo a mi amigo Santos.
En estas historias encontramos cualquier cantidad de
violaciones de derechos. Primero, al obligar a los demás costarricenses a
enriquecer un poco más a mi amigo Luis, se viola su derecho a disponer de
su dinero de la manera que mejor le convenga. Segundo, se viola el derecho
de mi amigo Santos a hacer empresa, a exportar su producto; un derecho
"garantizado" por los Artículos 28, 46 y 56 de la
Constitución. Tercero, se viola el derecho de las amas de casa a defender
su economía familiar. En un país supuestamente de derecho, en el cual
hay más abogados que huecos en las calles, y que se precia de tener una
Sala Constitucional y una Defensoría de los Habitantes, ¿cómo puede
haber tantas violaciones de elementales derechos humanos? En estas
materias, la respuesta de la Sala Constitucional ha sido el silencio, como
ocurre con los recursos presentados contra el monopolio de RECOPE y el
ahorro obligatorio. Y de la Defensoría de los Habitantes, mejor ni
hablar, porque en materia de derechos de los ciudadanos anda más perdida
que un cantante de reggae en una manifestación del Klu Klux Clan.
Es interesante notar, en los casos expuestos, cuáles
habrían sido los resultados si los jerarcas no tuviesen la potestad de
violar nuestros derechos. Mi amigo Luis no se hubiera enriquecido más a
costas del hambre de otros ciudadanos; mi amigo Santos habría podido
seguir contribuyendo con el desarrollo propio y del país, generando
riquezas y fuentes de trabajo; y las amas de casa habrían podido respirar
un poco mejor al tener que gastar menos en ese rubro alimenticio. En un
país verdaderamente democrático, ¿es conveniente que un jerarca
cualquiera tenga la potestad de violar derechos elementales de los
ciudadanos, y tanta oportunidad de pasearse en todo? ¿Nos hemos detenido
a pensar adónde nos conducirá tanta violencia estatal?
Rigoberto Stewart
(La Nación, C.R., 26/6/96)