Para ilustrar a mis intervencionistas estudiantes
universitarios lo nocivo de las manos visibles del estado, recurría al
siguiente ejemplo del valor de una Coca Cola.
En un desierto el árabe Abdul Rashid, quién lleva
consigo $1 millón, está a punto de morir de sed. En eso aparece Juan,
bien fresquito, con una Coca Cola que le había sobrado. ¿Adivine cuánto
llega a valer la Coca Cola?
Cuando ya estaban a punto de realizar la transacción,
aparece Esaoul Weiszloco, representante del Gobierno y dice: "Un
momento, esa transacción es prohibida; no puedes vender un Coca Cola en
$1 millón; el precio oficial de la Coca Cola es $1,20". Y evita que
se consume la operación.
Ya sabemos las consecuencias: los dos terminan en una
posición inferior a la que hubiesen llegado si se hubiera llevado a cabo
la transacción que, de por sí, era voluntaria.
Este ejemplo capta muy bien la esencia de la
intervención del estado. Hasta que no llegara el representante del
gobierno a meter sus sucias manos visibles, la mano invisible del mercado
hacia bien su trabajo.
Y es que las cosas no tienen precio, tienen valor, y el
valor lo reciben de las personas, quienes son las que saben su grado de
necesidad o de apreciación de un bien determinado. Obviamente, esto no lo
sabe el representante del estado. Y los costos de producción que a veces
cree saber, tampoco significan mucho para darle valor a las cosas. De ahí
que el mercado, el lugar en el cual las personas expresan sus deseos y
valoraciones, y del cual forman parte, siempre será superior al estado en
cuanto a esos menesteres.
Rigoberto Stewart
(La Nación, C.R., 11/7/95)