A pesar del transitar inexorable hacia la apertura
económica, aún prevalece en muchos sectores la concepción de que sin
una alta protección arancelaria (o restricciones cuantitativas) nuestros
agricultores no podrán competir y quebrarán, dado que los productos
agrícolas que producen (arroz, maíz, cerdo, azúcar) son subsidiados en
los países desarrollados y, por tanto, el precio internacional es
inferior a los que sería sin dicha distorsión.
Se señala, a manera de ejemplo, que en Tailandia se
subsidia la tasa de interés, que la mano de obra es casi regalada en
China y que los productores estadounidenses reciben "deficiency
payments"; pero se ignora, a la vez, que muchos de los
"Programas Agrícolas" tienen una influencia mínima sobre el
precio internacional y que otros, como el "set aside" americano,
tienen el efecto de incrementar el precio internacional en vez de
reducirlo. Pero, para poder analizar este tema tan ubicuo, es menester
responder a dos interrogantes fundamentales: ¿Son relevantes o no estas
distorsiones para decidir sobre la apertura de un país o sobre cuánto
producirá de un producto?; y, si son relevantes, ¿cómo se decide qué
es un subsidio y cómo se mide?
La respuesta a la primera pregunta es un categórico NO.
El precio internacional de los productos agrícolas que nos interesan es
el resultado de la interacción de miríadas de subsidios, impuestos,
restricciones cuantitativas, prohibiciones, a través de numerosos
países, y, más importante aún, de la influencia de factores climáticos
y de plagas en los países que dominan la producción mundial.
Una alteración climática en China o India tiene mayor
influencia sobre el precio internacional del arroz que el subsidio que
pueda existir en los Estados Unidos o Japón. Esta aseveración puede ser
probada empíricamente utilizando los precios, las cantidades y las
elasticidades de oferta y demanda en los Estados Unidos y el resto del
mundo. Un programa de "target price", donde el productor recibe
del gobierno la diferencia entre el precio del mercado libre y el precio
objetivo tiene el efecto de incrementar la oferta estadounidense y
mundial. Por ejemplo, si esa diferencia (el subsidio) representa un 30%
del precio del mercado libre y la elasticidad de oferta es 0.4 (como
señala Luther Tweeten para granos en USA) la cantidad ofertada
incrementaría en un 12%, y si suponemos, exageradamente, que la oferta
mundial se incrementa en ese mismo porcentaje y que la elasticidad de
demanda mundial es de -2.0, entonces el precio mundial se reduciría en
sólo 6%. Ahora, un estornudo en la China puede incrementar el precio en
un porcentaje mucho mayor. Si el mercado internacional no estuviera
dominado por estos otros factores, no habríamos visto al precio
internacional del arroz (FOB, Golfo, No.5, 20% quebrado) fluctuar entre
US$260 y US$365 por Tm durante 1987-90 o el del maíz amarillo entre US$
71 y US$ 126 por Tm durante el mismo período.
Lo que quiero indicar con todo esto es que el precio
internacional, producto de tantas interacciones e influenciado por tantas
cosas, es nuestro verdadero y legítimo costo de oportunidad. Es decir, el
país tiene la oportunidad de importar el bien al precio internacional del
momento o utilizar recursos domésticos e importados para producirlo, y,
desde el punto de vista social, el valor de estos recursos debe ser
comparado con el costo de la importación (así, sin más consideraciones)
para determinar nuestra ventaja y la conveniencia de producir.
Dada la respuesta negativa a la primera pregunta, la
segunda pierde importancia, pero veamos algunos aspectos. De acuerdo con
las actuales negociaciones en el GATT, además de los pagos directos, se
incluyen como subsidios las inversiones en infraestructura (carreteras,
riego) e investigación; y si quisiéramos ser más exactos en la
medición, habría que incluir las becas de estudio a los hijos de
agricultores .... y así podríamos seguir hasta concluir que los
programas de nutrición en ciertos estados que permiten que una madre
engendre un genio en la investigación agrícola también constituye un
subsidio a la agricultura. De esta manera la medición se convertiría en
una tarea ciclópea y vana a la vez, puesto que los único que interesa es
el costo de oportunidad.
Hay una sola salvedad. El precio internacional será
nuestro legítimo costo de oportunidad en tanto podamos esperar que las
políticas que influencian dicho precio vayan a continuar por largo
tiempo. No lo será sólo en los casos, bien raros, de un
"dumping", de un sola ocasión, para arruinar la agricultura de
un país determinado. No he visto evidencias históricas de esto.
El quid del asunto es que no debemos privar ni a los
productores ni a lo consumidores de las ventajas que puedan obtener en los
mercados internacionales, y debemos "subsidiar" a nuestros
agricultores de una manera más inteligente: a través ingente inversión
en infraestructura (buenas carreteras y caminos vecinales, riego, puertos,
telecomunicaciones, información) e investigación agropecuaria, en
especial en aquellas áreas en las cuales tenemos un verdadera ventaja
comparativa. De esta forma incrementaremos el bienestar de todos y no,
como hasta ahora, donde se logra cierto bienestar de unos en detrimento de
la gran mayoría.
Rigoberto Stewart
(La Nación, C.R., 1/7/92)