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Bolsa de productos agropecuarios

Como la Bolsa de Productos Agropecuarios es casi un hecho, quisiera llamar la atención hacia unos aspectos fundamentales de su funcionamiento. Una bolsa de productos como el que se plantea cumple dos funciones de comercialización básicas: 1) Servir de punto de encuentro de oferentes y demandantes, facilitando así la comunicación y las transacciones transparentes; y 2) servir de agente descubridor de precios, al facilitar la interacción entre ambos tipos de actores y la manifestación de los factores que condicionan la oferta y la demanda del producto.

La creación de una bolsa (o la inclusión de un producto para ser transada en ella) se da normalmente cuando hay problemas formación de precios y de comunicación entre los actores del mercado; es decir, se crea para solucionar un problema de comercialización. En cuanto a la primera función, entonces, para que un producto sea objeto de transacción en bolsa debe existir un problema de comunicación entre oferentes y demandantes. Esto ocurre con frecuencia cuando hay muchos productores y consumidores (o usuarios) del producto en cuestión, que se encuentran bien dispersos dentro de un ámbito determinado. Si hay pocos productores, y estos se encuentran verticalmente integrados (como el caso del arroz en Costa Rica), el problema no existe, y la transacción en una bolsa de productos no tendría mayor atractivo. En cuanto a la segunda función, es imperativo que se esté operando bajo una situación de libre mercado para que una bolsa sea de alguna utilidad, pues si el precio es fijado por el gobierno, como ocurre actualmente (o si es determinado en mercados internacionales), no existe la necesidad de descubrirlo.

Por ignorar los anteriores principios básicos o condicionantes, se ha tenido experiencias desastrosas con bolsas de productos en América Latina. En 1987-88 formé parte de un proyecto dentro del cual se puso a funcionar una bolas de productos agropecuarios en el Ecuador (llegué cuando ya operaba), y fui testigo de su fracaso. Fracaso rotundamente porque no llegó a llenar una necesidad sentida. El gobierno ecuatoriano, a través de la Empresa Nacional de Abastecimiento y Comercialización (ENAC; el CNP ecuatoriano), compraba, vendía y fijaba los precios de los granos. En ese marco una bolsa no es necesario, y no puede aportar nada al sistema de comercialización. Como era de esperar, nadie compraba ni vendía en La Bolsa. Entonces, para justificar su existencia se cometieron dos atrocidades: 1) La ENAC comenzó a vender y a comprar granos de sí misma; o sea, ella hacía la oferta y luego demandaba lo mismo que había ofrecido. Un caro espejismo. 2) Se obligó por ley a todos los productores de cacao a comercializar su producto de exportación a través de la bolsa, constituyendo esto una traba y un costo adicional innecesario. La Bolsa devino en un problema y no una solución.

Esta y otras experiencias me llevan a concluir que una bolsa de productos agropecuarios tiene poca probabilidad de éxito en Costa Rica, porque se le antepuso la carreta al buey. Aún no se ha liberalizado los mercados. La secuencia lógica, que es pasar a un sistema de mercado libre, dejar que éste funcione un tiempo, y luego corregir defectos de comunicación o de ineficacia en la formación de precios --si estos existiesen--,no se ha seguido. De todos los productos contemplados sólo la papa parece reunir las características necesarias para ser transada en una bolsa. El maíz amarillo no las reúne, dado que no se produce en el país y, como el precio es determinado en los Estados Unidos, no hay que descubrirlo. El café no opera bajo las leyes de oferta y demanda, ya que aún se exige una cuota de consumo nacional.

Sin embargo, la decisión está tomada. La Bolsa de Productos Agropecuarios operará y habrá intervención oficial a través del CNP u otros organismos, y cuando no funciona (por poca transacción), los jerarcas se verán tentados --tal como ocurrió en el Ecuador-- a emitir leyes o decretos para forzar la transacción de ciertos productos en ella. Cuando esto ocurra, sabremos que la idea también fracasó en Costa Rica.

Rigoberto Stewart

(La Nación, C.R., 12/3/92)

 

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