Todos los días doy gracias al Creador por no haber
tenido mentores de la escuela de pensamiento a que pertenecen Ottón
Solís, J.M. Villasuso y muchos otros de parecida especie. ¿Por qué?
Porque de haberlos tenido en lugar de los que tuve, la historia de mi vida
se habría escrito de la siguiente manera.
En el colegio, me habrían perdonado por llegar tarde,
porque pobrecito, vive muy lejos; y al sacar malas notas, me habrían
pasado de todas maneras, porque, pobrecito, el clima no le ayudaba. Y,
siendo un bachiller mediocre, habría hecho el examen de admisión a la
universidad y, quizás sin calificar, me habrían aceptado porque,
pobrecito, hay que admitir una cierta cantidad de esa zona.
Luego, por haber sido no privilegiado, me habrían dado
una buena beca, de esas donde uno no paga y más bien recibe dinero; pero
eso sí, no me habrían exigido nada a cambio, ni pasar los cursos, menos
mantener cierto promedio, porque, después de todo no se trataba de eso.
Además, hubiera habido una gran cantidad de fiestas y actividades
recreativas, porque, pobrecitos ¡ venían de tan lejos y estudiaban
tanto!
Estimulado por todo eso, habría sacado notas promedio
e inferiores, pero me habrían pasado de todas maneras, no para salvar mi
beca, porque de eso no habría dependido, sino porque, consecuentes con
esa forma de pensar, se habrían dicho: "Qué se puede esperar? es
negro y viene de Siquirres ¡pobrecito, hay que ayudarlo". Y así,
algún día me habría graduado, ¡con la cabeza más hueca! pero
creyéndome el non plus ultra.
Entonces, cartón en mano, me habrían lanzado al
mercado de trabajo y, al decirles que siento que no sé nada, que me
siento mediocre, que ninguna empresa seria me va a contratar, me habrían
dicho: "No te preocupes, todo está arreglado; para eso inventamos el
monopolio estatal en casi todo, tu puesto está asegurado. Además, para
esos puestos eres perfecto; a los jefes no les gusta los muy buenos, pues
les pueden quitar el puesto".
Y así me habría sumado a la legión de empleados
estatales. De esos que nunca llegan temprano; nunca salen tarde; siempre
están ocupados en cualquier cosa, menos en lo que deberían estar. De
esos servidores, que viendo la larga fila de gente, se retiran a hablar de
fútbol. Eso sí, muy frecuentemente, por las tardes me habría ido a un
bar a hacer alarde de lo vivo y suertudo que soy, pues gano bien y no hago
nada. Y habría participado con frecuencia en huelgas y convenciones
colectivos, con el propósito de obtener aumentos de sueldo, a costas de
quién sea. Y así habría continuado hasta pensionarme a temprana edad,
no sin antes haber hecho toda suerte de triquiñuelas para que la pensión
fuera jugosa.
Y, al final, cuando los ángeles me llamen a cuentas,
después de pedir bendiciones copiosas para mis mentores, le habría
reclamado al Creador por haberme enviado a la tierra como negro, limitando
asi mis posibilidades de disfrutar de las buenas cosas terrenales, de esas
buenas cosas que disfrutaban mis mentores, incluyendo la autoestima.
¡Cuánta ironía!
Pero no. A Dios gracias, no tuve a ese tipo de
mentores. Tuve, entre otros, como el Padre Evans, a mis abuelos y padres
de origen jamaiquino, descendientes de aquellos esclavos que ya a inicios
de los 1700 se habían revelado y huido de sus esclavizadores. ¡Cuánto
orgullo! Ellos me inculcaron, siguiendo la tradición inglesa, la
puntualidad, la honestidad, el amor al trabajo, al estudio, la autoestima;
y me enseñaron a sospechar de todo aquel que ofrece lo fácil, y a
detestar con fuerza a los que me digan ¡pobrecito!. También me
enseñaron a no claudicar en la búsqueda de la excelencia, pues el mundo
es conquistable. Gracias a esta orientación, no estoy en la lista del
programa social del gobierno, de esos que siempre anhelan Solís y
Villasuso (focalizados o no ) para "ayudar" al pobrecito.
Gracias a los mentores que tuve, no soy lo que pude haber sido, y por ello
viviré eternamente agradecido. ¡Salud, buenos ciudadanos, la patria
también os ha de agradecer!
Rigoberto Stewart
(La Nación, C.R., 16/9/91)