Intel Corporation, compañía líder en la fabricación de
microprocesadores para computadoras, anunció recientemente su decisión
de construir en Costa Rica una planta de procesamiento final y ensamblaje.
La inversión es la más grande jamás realizada por empresa alguna en
Costa Rica, entre US$300 y US$500 millones y generará 3.500 empleos, de
los cuales 400 serían ingenieros. Muchos de ellos recibirán
entrenamiento por Intel en Estados Unidos.
¿Por qué escogió a Costa Rica para construir su primera planta en
América Latina? Las respuestas han sido variadas. Algunos dicen que se
debe a la alta calificación de nuestra mano de obra, la estabilidad
social del país, las favorables condiciones de vida y la cercanía a
Norte América. Estoy seguro de que algunos de esos factores, aunque
sobrevalorados, fueron tomados en cuenta. Igualmente, ha habido mucha
especulación respecto a lo que significa la llegada de Intel.
El Presidente Figueres asegura que con esa inversión "podremos
duplicar las exportaciones en 24 meses y ponerle motores a la economía
para alcanzar crecimientos cercanos al 13% anual, únicamente logrados por
los llamados tigres asiáticos". También insiste en que, por su fama
mundial en el campo de los microprocesadores, Intel actuará como un imán
que atraerá a otras empresas. Para el diputado Saúl Weisleder
"significa un salto cualitativo en el modo de integración del país
al mundo: pasar de exportar bienes que requieren tierras, clima y mano de
obra barata, a bienes que se producen y comercializan con mano de obra
educada y capacitada."
¿Hay razones para tanto optimismo? En parte, no. Toda inversión
extranjera es bienvenida siempre que no implique costos ni requiera de
"negociaciones" secretas. Intel negoció su llegada con el
gobierno, lo que significa que no existe un conjunto de reglas igual para
todos, nacionales o extranjeras. La necesidad de negociar
"condiciones" es nefasta porque, por una parte, la empresa
siempre estará sujeta a las ocurrencias del gobierno de turno, el cual
podría cambiar las "condiciones" a su antojo y ya hay
antecedentes en Costa Rica. Por otra, la empresa logró negociar una serie
de privilegios que sus similares nacionales y los ciudadanos no tienen.
Así Intel ingresará al país bajo el régimen de Zona Franca, lo que
implica que operará como si no estuviera en Costa Rica: no pagará
impuestos, ni aranceles y gozará de otros beneficios. Además, el
gobierno le otorgó un nivel tarifario preferencial, mediante el cual el
monopolio estatal le venderá el servicio eléctrico a un costo de
US$0,05/Kw, a pesar de que el costo real es de US$0,069/Kw, situación que
representará un subsidio anual de unos US$3,8 millones. El gobierno
también desarrollará obras suplementarias que en el caso del suministro
eléctrico costarán unos US$7,6 millones.
Hay dos aspectos que retratan de cuerpo entero a la dirigencia
política latinoamericana. El primero es su actitud hacia la creación de
empleo. El mismo gobierno que subsidia a Intel para crear empleo, es el
que defiende el monopolio estatal en electricidad, telecomunicaciones,
seguros, hidrocarburos, etc. A través de esos servicios deficientes,
limitados y extremadamente caros (en telefonía hay un déficit de 70.000
líneas, las tarifas son hasta 60% más altas que en EUA, el derecho a una
línea telefónica oscila entre US$500 y US$900, y tardan de dos a cinco
años para instalarla), el gobierno impide la creación de miles de
empleos y empobrece a la población. El segundo aspecto es esa actitud
ambivalente con respecto a la inversión extranjera. Por una parte el
gobierno celebra la llegada de Intel y le entrega toda suerte de
privilegios; por otra, lucha ferozmente para evitar que empresas
extranjeras inviertan en las actividades monopolizadas. Resulta obvio que
la inversión extranjera en telecomunicaciones, por ejemplo, generaría
riqueza y desarrollo, al mejorar la cantidad y calidad del servicio,
liberando recursos estatales que serían mejor utilizados en mejorar la
deteriorada infraestructura nacional.
En conclusión, habría sido preferible tener reglas claras, basadas en
los derechos individuales y la igualdad ante la ley, en lugar de iniciar
negociaciones cada vez que una compañía quiera operar aquí. Pero esto
les quitaría protagonismo a los políticos y oportunidad para
enriquecerse.
Rigoberto Stewart
(AIPE, 25/1/97)