El Presidente Figueres ha hecho un gran esfuerzo para convertir a Costa
Rica en un emporio de la alta tecnología. Primero invitó a Intel,
compañía líder mundial en la fabricación de microprocesadores para
computadoras, brindándole toda suerte de concesiones. Luego viajó a
Miami para reunirse con Bill Gates, a Texas para atraer a otras
compañías, y recientemente a Asia Oriental con el mismo propósito. Pero
a pesar del fuerte coqueteo, invertir en la llamada Suiza Centroamericana
se torna harto difícil. Y es que cualquiera que lo intenta, nacional o
extranjero, con el beneplácito del gobierno de turno o sin él, enfrenta
una maraña burocrática amparada por un marco legal que muchos califican
como jurásico.
En Costa Rica las compañías están regidas por alrededor de 1330
leyes, decretos y reglamentos que datan desde 1930; lo que hace difícil
el establecimiento de una empresa. Al respecto, el respetado columnista
Julio Rodríguez escribió: "¿Quién puede resistir este agobio? Se
necesitan 17 meses de andanzas burocráticas para instalar una industria
en Costa Rica, lo cual comprende 71 trámites en más de 10 instituciones
públicas y 50 departamentos, cada uno con requisitos propios --o
inventados-- sin tener en cuenta las prebendas o mordidas que algunos
exigen de manera sutil. ¿En qué consiste la sutileza? Pues, en el
atraso. No es lo mismo decir "venga mañana o la próxima
semana" y cumplir de plano que colocar los papeles en una torre de
documentos y hacerse el tonto o pedir nuevos requisitos, hasta que el
cliente se canse, se lance del primer puente que encuentre, lo mate la
tensión o pague. "
Los ejemplos de compañías extranjeras que han sufrido por causa del
marco jurídico-institucional abundan. A raíz de su incapacidad para
regular los precios del gas licuado de petróleo que comercializan sólo
dos empresas, y como parte de la política de atracción de inversiones,
el gobierno invitó al país a la empresa francesa ELF, una de las
petroleras más grandes del mundo, para que participe en el envasado y
venta de dicho producto. Luego de dos años de enfrentar un calvario
burocrático y tras realizar una inversión de US$4 millones, todavía en
diciembre pasado la empresa no podía operar debido a que el Concejo
Municipal no otorgaba la patente necesaria. Este gobierno local argumentó
que primero debía haber una consulta comunal en las barriadas cercanas a
la empresa. Una suerte similar ha corrido la empresa Intel, la cual aún
enfrenta serios problemas con un gobierno local y un grupo de activistas.
La consecuencia lógica del exceso de trámites burocráticos es la
corrupción. Como lo han señalado muchos, detrás de las trabas están
los bandidos con corbata. Un estudio del Centro Latinoamericano para la
Competitividad y el Desarrollo Sostenible señala que algunos funcionarios
públicos que tramitan inspecciones de precios, rectificaciones de
planillas, controles de salud y pago de impuestos suelen pedir sobornos y
otras dádivas a las empresas. En otra parte señala: "Es
escandalizante la complicidad de funcionarios públicos en hechos de
corrupción. En el Registro Nacional y en varios ministerios se observan
individuos que a viva voz, y ante la mirada de los empleados y agentes de
seguridad, ofrecen "servicios" para acelerar trámites, con la
promesa de evitar molestas filas, a cambio de una tarifa." Esta
corrupción espanta los inversionistas extranjeros, y muchos han optado
por no invertir en el país o por cerrar sus operaciones.
Otra consecuencia de las trabas burocráticas y del marco
jurídico-institucional decadente es la informalidad. Muchos pequeños y
medianos empresarios prefieren instalarse del lado de la industria
informal; es decir, de los que no se registran ante las autoridades
respectivas. Según un estudio realizado por la Cámara de Industrias de
Costa Rica, durante los últimos seis años, el 85% de las empresas que
han nacido son informales. Durante ese lapso se instalaron 2 106 empresas
informales y tan sólo 372 en el sector formal. Y de unas 11 164 empresas
establecidas en el país, sólo 4 835 están a derecho; el restante, 6
329, operan "clandestinamente", en el sector informal.
Las cifras anteriores son reveladoras, puesto que esta magnitud de
informalidad era considerada típica de México, Venezuela, Perú, Brasil
y otros países centroamericanos; pero no de Costa Rica. Como bien lo ha
señala el intelectual Mario Vargas Llosa: "Trabajar en la ilegalidad
conlleva altos riesgos, (..) significa una permanente inestabilidad para
los negocios, lo que impide planear operaciones a mediano y largo plazo, y
abrirse un flanco al chantaje de policías y otras autoridades corruptas.
Pero, sobre todo, implica cerrarse el acceso a los créditos y demás
servicios del sistema financiero, al que sólo abre las puertas la
legalidad."
Hace poco menos de un año conformó una comisión de alto nivel que
"buscaría la forma de reducir los trámites en todas aquellas
instituciones públicas que tengan relación con los sectores
productivos". Hasta ahora, todo sigue igual. Y lo que es aún más
grave, el tema no ha sido discutido durante la campaña electoral que
culmina el 1 de febrero de 1998. El futuro de Costa Rica no es nada
halagador.
Rigoberto Stewart
(AIPE, 29/1/98)