La profunda crisis de 1980-82 marcó el fin de uno de
los períodos de mayor bonanza de la reciente historia económica y
política de Costa Rica, y expuso los defectos del modelo económico que
imperó durante los treinta años previos. Dicho modelo contenía al menos
tres elementos contrarios al desarrollo económico en el largo plazo: un
creciente intervencionismo estatal, tanto en el rol de empresario como en
el de regulador; un proteccionismo exacerbado, y un endeudamiento público
explosivo. Este ensayo se concentrará en el primer elemento.
El Artículo 50 de la Constitución Política de 1949
señala que el Estado procurará el mayor bienestar a todos los
habitantes del país, organizando y estimulando la producción y el más
adecuado reparto de la riqueza. Al amparo de éste artículo, el
estado asumió un papel creciente en la economía. Nacionalizó la banca
y, entre otros, monopolizó las telecomunicaciones, la generación de
electricidad, la refinación y distribución de hidrocarburos y los
seguros. Además, se encargó de la inversión en infraestructura básica
(red vial, escuelas, centros de salud, puertos, aeropuertos), e intervino
fuertemente en educación, salud, comercialización de productos básicos
y la construcción de viviendas.
En la década de 1970, el gobierno se entusiasmó con
la utopía social-demócrata de los grandes desarrollos orquestados por el
estado y, además de nacionalizar el ferrocarril al Atlántico, creó la
Corporación Costarricense de Desarrollo (CODESA), la cual, por medio de
numerosas empresas subsidiarias, abarcó una gran variedad de actividades,
desde la producción de azúcar, chocolate y fertilizantes, hasta el
procesamiento de aluminio y atunes. En 1984, la Corporación utilizó un
18 por ciento del crédito interno, correspondiente a más del 50 por
ciento del crédito total asignado al sector público. Como resultado de
este protagonismo, el estado pasó de emplear sólo el 6,1 por ciento de
los trabajadores en 1950 a ser el patrono del 20 por ciento en 1985.
En los años 80 sufrimos una verdadera debacle. La
mayoría de las empresas de CODESA quebraron y el país no pudo honrar su
deuda externa. Durante 1980-82, la inflación acumulada llegó al 145 por
ciento, el producto interno bruto (PIB) y el consumo privado descendieron
en más del 15 por ciento; la tasa de desempleo se duplicó; los salarios
reales decrecieron un 39 por ciento, y las familias pobres pasaron del 27
por ciento al 48 por ciento del total. El modelo estaba agotado. Para
corregir la situación, sólo quedaba reformar, replantear el modelo
económico. Sin embargo, el proceso de reforma que se inició en 1983-84
con los programas de estabilización y continuó con los de ajuste
estructural, casi no tocó al estado. Sólo se vendieron las empresas de
CODESA que aún eran viables y se ensayó una movilidad laboral que
fracasó, porque cada nuevo gobierno contrataba más empleados públicos
que los que el anterior había "movilizado".
El Estado y Perspectivas de Reforma
Mientras la mayor parte de los países latinoamericanos
reformaron agresivamente al estado, Costa Rica, por el contrario, afianzó
y amplió el viejo modelo estatal. Por ejemplo, en 1990 se obligó al
único operador privado de telefonía celular a cesar sus operaciones y se
transfirió esa actividad al monopolio estatal; en 1991, la Asamblea
Legislativa ratificó el monopolio de RECOPE en la refinación y
distribución de hidrocarburos. En consecuencia, el estado aún mantiene
monopolizados los servicios en las áreas de telecomunicaciones,
electricidad, seguros, y procesamiento y distribución de hidrocarburos;
además de la operación de puertos, aeropuertos y ferrocarriles e
inclusive la fabricación de licores. Su tamaño continúa siendo
gigantesco. En 1997, el presupuesto ordinario del sector público
consolidado ---una vez eliminadas las transferencias y los fondos privados
manejados por el sector financiero--- representó cerca del 50 por ciento
del PIB.
Perspectivas de reforma. Ante tan oscuro
panorama, ¿cuáles son las perspectivas de reforma? A pesar de que el
presidente Miguel A. Rodríguez posee amplia formación y trayectoria
liberal, las perspectivas de avance son poco alentadoras. La posición de
los numerosos grupos opositores al cambio ha variado muy poco desde que se
inició el proceso de reforma. El más importante de ellos, el partido
Liberación Nacional, de profundas raíces socialistas, sigue aferrado a
sus dogmas. Además, el Presidente no cuenta con el respaldo de su partido
(social-cristiano) para llevar a cabo reformas sustanciales, ni ha tenido
el entusiasmo necesario para salir a venderlas al público.
De acuerdo con el proceso de concertación iniciado por
el Ejecutivo en el mes de junio, éstas son las expectativas: se espera,
aunque con cierta dilación, la apertura del mercado de seguros y de
telefonía celular. No se vislumbra mayor avance con las privatizaciones:
se venderán como máximo dos de los cuatro bancos del estado, la fábrica
de licores y parte del Instituto Nacional de Seguros; nada más. Por otra
parte, no existen buenos auspicios para una verdadera reforma tributaria,
ni para la solución del problema que representa la agobiante y creciente
deuda pública.
En síntesis, todo parece indicar que Costa Rica se
hundirá bajo el peso de un estado paquidérmico que se resiste a ser
reformado.
Rigoberto Stewart
(AIPE, 15/10/98)