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Gobierno y regulaciones

Costa Rica: Entre la desesperanza y el populismo

El próximo 1 de febrero los costarricenses irán a las urnas para elegir a sus últimos gobernantes de este siglo )presidente, diputados, munícipes. Por razón del momento histórico, la presente campaña electoral debería ser un evento que llene a los ciudadanos de ilusión y optimismo. Sin embargo, ha sido todo lo contrario. El proceso se ha visto enfangado por el fraude, el populismo, la falta de seriedad y honestidad en las propuestas, y la campaña sucia, acompañada por discusiones infantiles, impropias del mágico momento.

Fraude electoral. Cincuenta años después del fraude electoral que propició la guerra civil, la instauración de una Junta de Gobierno y la abolición del ejército, se vuelve a cometer un fraude en Costa Rica. Este tuvo lugar el pasado 1 de junio, durante la convención del Partido Liberación Nacional, social-demócrata, actualmente en el poder. El Ministerio Público ha acusado a 44 individuos, entre ellos, dirigentes comunales y militantes, los cuales "chorrearon" votos en 62 mesas, obligando la anulación de alrededor del 20% de los votos. En relación con este grave hecho hubo dos acontecimientos muy relevantes, paradójicos. Primero, el Tribunal Supremo de Elecciones aceptó como válido el resultado de la convención, aduciendo que el candidato ganador hubiera vencido aún sin las irregularidades que lo favorecieron. Segundo, el fraude fue cometido por el mismo partido que surgió de la guerra como paladín de la pureza electoral, comandado por José Figueres, presidente de la Junta de Gobierno y padre del actual presidente. Ahora existe el temor de que el hecho se repita en las elecciones generales de febrero próximo.

Populismo. Para captar los votos, en lugar de presentar al electorado un plan de gobierno bien meditado y congruente con los requerimientos del nuevo siglo, los dos candidatos mayoritarios )social-cristiano y social-demócrata) han recurrido al populismo. Han formulado una lluvia de ofertas. Harán de todo; regalarán de todo. Los social-cristianos ofrecen: estabilizar el costo de la vida, generar fuentes de empleo, destinar recursos importantes a la educación, la juventud y la niñez; darle incentivos al turismo; ayudar a los pobres; abrir más escuelas y colegios; un Banco de Fomento y juntas de ahorro y crédito; reparar carreteras y lastrear caminos; apoyar a los discapacitados; reactivar compañías bananeras del sur; terminar la carretera costanera sur; abrir una biblioteca pública en Batán. Por su parte, los social-demócratas ofrecen: fortalecer el bono de la vivienda; dotar de casa a la clase media; generar incentivos para la agricultura y la agroindustria; solucionar la migración ilegal de nicaragüenses; dotar a los campesinos de tierra y crédito a bajo interés; impulsar programas de riego, y mejorar caminos vecinales para sacar productos. Mientras hacen estos ofrecimientos sin indicar cómo lo lograrán y sin advertir algunas contradicciones, los dos candidatos soslayan los grandes problemas nacionales o los encaran con poses populistas. Por ejemplo, en el caso de la deuda pública, la cual ya asciende a unos US$7 500 millones (100% del PIB), ambos candidatos se oponen a la venta de los mayores activos para pagarla total o parcialmente. Inclusive, el Ejecutivo acaba de enviar al Congreso un proyecto de ley para vender un banco estatal y el 40% del monopolio estatal de seguros; pero éste fue rechazado por los diputados oficialistas, so pretexto de que la aprobación de dicha ley afectaría negativamente a su candidato, también oficial.

Ante el desencanto popular con los políticos, para estas elecciones han proliferado los partidos minoritarios pero, salvo el Movimiento Libertario, todos representan una versión más o menos grotesca del socialismo.

Campaña sucia. Debido a la falta de ideas y al verse rezagado en las encuestas, el candidato oficialista, autoproclamado campeón de la moral, ha recurrido a acusaciones absurdas e infantiles. Insiste, por ejemplo, en que su opositor, al regresar de un viaje a México hace varios meses, no "hizo aduanas"; es decir, no le abrieron el equipaje para hurgar entre su ropa sucia. Con esta acusación, ha insinuado que el candidato social-cristiano pudo haber traído dólares o drogas para financiar su dispendiosa campaña.

Resultados. Tanta insensatez ha generado desesperanza y desencanto con los políticos, los partidos y la actual versión costarricense de la democracia. Hasta hace poco, más del 40% del electorado manifestaron su renuencia a votar. Hoy, la intención de voto para ambos candidatos sólo suma el 58%, más un 7% para los partidos minoritarios.

El sistema democrático costarricense, tan alabado en el mundo, se encuentran seriamente amenazado. Y no surgen los líderes que el momento y el país requieren.

Rigoberto Stewart

(AIPE, 19/12/97)

 

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