Según un connotado economista del Banco Mundial, Costa
Rica es después de Cuba el país más regulado y entrabado de América
Latina. Los sucesos relacionados al establecimiento del gigante Intel
describen el pintoresco panorama político y económico de la nación.
En noviembre de 1996, el gobierno anunció con bombo y
platillos la llegada al país de Intel, líder mundial en la fabricación
de microprocesadores para computadoras. El júbilo contagió a los
políticos, quienes auguraron un salto cualitativo en el modo de
integración de Costa Rica al mundo y crecimiento cercano al 13% anual.
Claro, antes del anuncio, la empresa estadounidense y el presidente José
Figueres celebraron arduas negociaciones, terminando el gobierno por dar
un subsidio en la tarifa eléctrica de unos US$ 3,8 millones al año,
además de obras para el suministro de energía por unos US$ 7,6 millones.
Pero las cosas no salieron como Intel y el gobierno
esperaban. Apenas se empezó a preparar el terreno de la planta
aparecieron restos arqueológicos. Esto atrasó la obra por varios meses.
Luego hubo demandas de los ambientalistas, alegando que los deshechos de
Intel contaminarían el ambiente. Este problema fue solucionado finalmente
cuando la compañía se comprometió a procesar esos desperdicios en
Estados Unidos. Pero como las trabas anteriores no prosperaron, los
habitantes de Belén se quejaron que los campos magnéticos ocasionados
por los cables de alta tensión que instalaba el Instituto Costarricense
de Electricidad (ICE) para abastecer a Intel causarían leucemia en los
niños. Y, seguidamente, interpusieron un recurso de amparo ante la Sala
Constitucional con lo cual se bloquearon los trabajos.
En este "affair" ha tenido que ver todo el
mundo. En el campo científico, doctores en física, medicina y
psicología explicaron que no se ha encontrado relación entre las redes
eléctricas y el cáncer. Pero la municipalidad negó los permisos y
paralizó las obras. Esto causó que se apersonara el presidente Figueres,
ordenando a la guardia civil proteger a los empleados del ICE para que
continuaran con el cableado. El final es impredecible, pero como lo
señala el columnista Julio Rodríguez: "Estamos diciéndole al mundo
que no aceptamos la inversión extranjera, que cambiamos las reglas del
juego según nuestra conveniencia, que vivimos de ocurrencias, que la
autoridad está en las calles y que, en fin, no somos serios."
En la tragicomedia participan dos elencos que retratan
a los ticos de cuerpo entero. En primer término tenemos a un gobierno
central inconsistente, obsequioso con los extranjeros y las compañías
transnacionales, pero implacable y desdeñoso con los nacionales,
especialmente con los ciudadanos. El mismo gobierno que está llamado a
salvaguardar la igualdad ante la ley concede subsidios millonarios a
compañías extranjeras, pero no vacila en cortarle el servicio de luz a
cualquier ciudadano que se atrase en el pago. Cierra negocios y atosiga a
los ciudadanos para extraerles impuestos que luego entrega a manos llenas
a las transnacionales, como es el caso del subsidio a los exportadores de
piñas.
En segundo término tenemos a una representación del
pueblo intransigente con todo lo que tiene que ver con la empresa privada,
en especial si se trata de compañías extranjeras. La inconsistencia es
alarmante. Los ticos no se unen para exigir a sus gobernantes que dejen de
verter agua negras en los ríos. Tampoco lo hacemos para exigir carreteras
y calles limpias y sin huecos.
Lo correcto y justo sería que el gobierno trate a
todos por igual, a nacionales y extranjeros, sin privilegios para ninguno
ni subsidios ni sobreprecios. Por parte del pueblo, lo correcto sería
defender nuestros derechos con vigor, asumiendo responsabilidades. Una de
esas responsabilidades es la obligación de saber cuáles son nuestros
legítimos derechos. Si vamos a exigir estudios de impacto ambiental y
medidas correctivas, tenemos que hacerlo con todos, tanto a la empresa
nacional como a la internacional y, especialmente, al mismo gobierno. Pero
si nos dejamos guiar por la envidia, el nacionalismo y la ignorancia,
seguiremos sumidos en el subdesarrollo y la miseria.
Rigoberto Stewart
(AIPE, 10/12/97)