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Tratado aberrante entre Costa Rica y Chile

El reciente tratado comercial entre Costa Rica y Chile, comúnmente llamado de libre comercio (TLC) es en realidad un tratado de restricción al comercio. Este acuerdo ha suscitado fuertes reacciones negativas en el sector productivo, especialmente el agropecuario, el cual aduce que es inconveniente para el país. La conveniencia para el país (es decir, para todos, tanto productores como consumidores) debe ser evaluada en base a dos aspectos: el económico y el moral.

En lo que respecta al comercio internacional y sus ventajas, la teoría económica señala que los habitantes (nótese que no se limita a los productores) de dos países pueden incrementar su nivel de bienestar (a través del consumo) si en lugar de producir todo, cada uno se especializa en aquellos bienes que puede producir con ventaja comparativa, y luego intercambian.

El tratado de marras contiene dos violaciones de este principio que lo convierten en un adefesio. Primero, cada país (es extraño que el comercio se lleve a cabo entre países y no entre empresas e individuos) declara como “sensibles” varios rubros que no produce con ventaja comparativa, y los excluye de la negociación. Costa Rica excluyó telecomunicaciones, pollo, cerdo, leche, entre otros. Chile excluyó trigo, aceites, azúcar, cebolla, papa. Costa Rica tiene ventaja comparativa en la producción de maderas tropicales; Chile, en pino. Sin embargo, se excluyeron los productos forestales del TLC. Paradójicamente, cada país excluye bienes que el otro produce con ventaja. Como que nuestros ilustres negociadores entendieron la teoría al revés. En estas condiciones las ganancias del tratado son mínimas y el bienestar de la población apenas se incrementa.

Segundo, los representantes negocian plazos de desgravación asimétricos y ridículos, donde el negociador más “hábil” es aquel que logre los plazos más largos, es decir, aquel que postergue por más tiempo los beneficios a la población. ¿Viveza criolla? En vista de que Costa Rica logró que la mayoría de los productos de Chile entren sin gravámenes sólo después de 12 y 16 años, la viceministra Anabel González, y el negociador Roberto Echandi, manifestaron que “a su juicio son las condiciones más favorables que el país haya tenido nunca en cualquier otro tratado. Qué barbaridad. Equiparan al país con un puñado de productores e industriales. Qué difícil es hacerles entender que los consumidores son seres humanos y que forman parte del país! La condición más favorable para el país sería la desgravación total e inmediata porque, además de los productores, en el país viven más de 3,8 millones de consumidores, los cuales verían un incremento inmediato en su bienestar. El beneficio para la sociedad como un todo (el país) sería tan grande que se podrían idear formas de compartir esas ganancias con el sector productivo. Las medidas concretas son bien conocidas.

Desde el punto de vista del respeto a los derechos del ciudadano, el tratado es también un esperpento. El libre intercambio de bienes y servicios entre individuos es un derecho humano vital para su bienestar y no debería ser coartado por ningún gobierno. El TLC es inmoral porque coarta dicha libertad. Pero ahí no termina el asunto. Es doblemente inmoral porque en un país donde se dice que “todos somos iguales ante la ley” se hacen diferencias grotescas. Con el TLC, los productores de ciertos rubros pueden exportar a Chile, sin restricciones, pero los consumidores tendrán que esperar 12 y 16 años para ejercer su derecho.

Quizá la expresión más clara de la inmoralidad comercial se encuentra en la actitud de los lecheros. La postura de la empresa industrial que los agrupa varía según el mercado en que opera. En Costa Rica, donde es productora, se opone al TLC con Chile y lucha por mantener el arancel a los lácteos por encima del 100 por ciento. En Panamá, donde es importadora neta, lucha por que los aranceles no se incrementen por encima del 40 por ciento. Los lecheros quieren abarcar todos los mercados posibles, pero no permiten que los costarricenses tengamos acceso a lácteos más baratos. Y para ello cuentan con el apoyo del gobierno.

En conclusión, además de constituir una ofensa a la inteligencia y la moral, este tratado de restricción al comercio representa otra oportunidad malograda. ¿Hasta cuándo seguiremos desperdiciando las oportunidades en América Latina?

Rigoberto Stewart
AIPE, 29/11/99

 

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