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El dañino proteccionismo centroamericano

El ministro de Comercio e Industrias de Panamá, Raúl Arango, anunció recientemente que su país tomaría represalias si El Salvador prohíbe la libre importación del queso amarillo panameño; con lo cual violaría el tratado bilateral firmado por ambos países. Por otra parte, durante las consultas que debió realizar Panamá como parte del proceso que culminaría con su incorporación en la OMC, este país se opuso ferozmente a que Costa Rica exportara a su mercado 5 millones de litros de leche de larga vida UHT, así como de leche pasteurizada y descremada; y logró, mediante arduas negociaciones, que se impusiera una cuota de 2.600 tm de leche de todo tipo (la cual incluía sólo 108 mil litros de leche UHT) a un arancel preferencial del 15%. Cualquier cantidad por encima de esta cuota pagará un arancel del 90%, el cual bajará al 60% dentro de los siguientes nueve años. Costa Rica, por su parte, se peleó con Nueva Zelandia durante sus propias consultas para ingresar en la OMC, y consiguió un arancel del 111% para la leche, con el propósito de "proteger" su mercado.

Este pequeño recuento sirve para resaltar un aspecto muy peculiar de las políticas comerciales que rigen en muchos países latinoamericanos. Estas han pasado del mero proteccionismo, mediante el cual los productores luchan para proteger "sus" mercados domésticos, a lo que el venezolano José Luis Cordeiro llama el mercantilismo feudal, con el cual pretenden obtenerlo todo: tanto el mercado interno como el externo. Es decir, luchan tan denodadamente por vender en otros países como por impedir que otros vendan en el suyo. Así exportan cuanto quieren, mientras mantienen rehenes a los consumidores locales. ¿No sería mucho más humano permitir que sus compatriotas se beneficien con importaciones baratas y dedicarse a producir aquello en lo que puedan competir sin la muletilla gubernamental.

Con la actual actitud, la clase política, aliada natural de los productores, exhibe un altísimo grado de inmoralidad e insensibilidad hacia el derecho a la libertad económica, es decir, a la libertad para vender, comprar, importar, exportar e intercambiar cualquier producto o servicio.

El proteccionismo y el mercantilismo nos empobrecen: encarecen los alimentos y otros bienes y servicios, reducen el salario real de la gente y estimulan un pésimo uso de los recursos de la nación.

En Panamá, por ejemplo, el proteccionismo ha estimulado el uso de muchos recursos agropecuarios en actividades para las cuales, por no gozar el país de ventajas comparativas, el rendimiento es negativo. Un estudio reciente de la pobreza y las políticas en ese país estimó que la asignación, en 1996, de 1,6 millones de hectáreas a cuatro de esas actividades (arroz, ganadería, leche, y azúcar), generó una rentabilidad negativa de US$19 millones, mientra bajo una asignación basada en libre comercio, esos mismos recursos hubiesen generado una ganancia neta al país de unos US$1.000 millones anuales .Tal diferencia representa alrededor del 15% del Producto Interno Bruto (PIB).

Además, los efectos sociales, medidos en términos de la distribución de ingresos, fueron también negativos. En solo cinco rubros, por tener que pagar precios inflados, los consumidores perdieron unos $125 millones, de los cuales los pobres e indigentes aportaron alrededor del 50%.

Estos recursos fueron transferidos mayoritariamente a los agroindustriales (77%) y a los grandes productores (14%). El restante 9% se perdió por ineficiencias.

Todo esto ocurre en un país como Panamá, donde la mitad de sus habitantes gravitan entre la pobreza y la miseria. Sin duda, Latinoamérica está necesitada de una alta dosis de humanismo y sentido común. En Panamá, el año pasado, su ministro de Agricultura demostró su insensibilidad y candidez al felicitarse porque había logrado negociar aranceles agropecuarios entre 80% y 150%. Ese supuesto "éxito" negociador encarece en proporción similar los alimentos del pueblo panameño, pero para el gobernante “si no hay pan que coman tortas”.

Rigoberto Stewart
AIPE, 24/2/97

 

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