Durante la visita del presidente Bill Clinton a la
región, además de tratar temas de inmigración y narcotráfico, los
gobiernos de Centroamérica y la República Dominicana exigieron la
extensión del Tratado de Libre Comercio (TLC) para incluir nuestra
región. Pero, ¡están nuestros gobernantes realmente interesados en el
libre comercio? En realidad, no. Si la falta de autorización del Congreso
de Estados Unidos del "procedimiento de la vía rápida" no lo
impidiera, lo que hubieran hecho estos países sería entrar en una
prolongada negociación, argumentando la asimetría de las economías,
niveles tecnológicos, etc., para mantener los mercados cerrados, en tanto
logran que Estados Unidos abra más el suyo y así poder exportar más,
sin importar más.
Preocupados por el desvío de inversiones hacia el
mercado mexicano y la mayor facilidad con que muchos productos mexicanos
que compiten con los centroamericanos entran al mercado estadounidense,
los siete países insistieron en el TLC a sabiendas de que no era
factible. Lo hicieron para incrementar la posibilidad de obtener lo que en
realidad buscan: la armonización del TLC con la Iniciativa de la Cuenca
del Caribe. Esta equiparación tendría el doble efecto de contrarrestar
el desvío de inversiones hacia México y lograr la ampliación de los
beneficios arancelarios, con mayor apertura del mercado americano. Todo
esto sin tener que favorecer a sus ciudadanos abriendo sus propios
mercados.
Los gobernantes centroamericanos adoptan esta posición
mercantilista porque no comprenden que sus pueblos son los que más se
beneficiarían de una verdadera apertura comercial, incluso si esta se
lleva a cabo unilateralmente.
Durante una conferencia de prensa, el presidente de
Costa Rica manifestó que "a quien más le conviene un tratado de
intercambio comercial es a Estados Unidos, debido a que sus productos
tienen que pagar impuestos al entrar en nuestros mercados, mientras que
las exportaciones de esta área gozan de un ingreso más libre a la
economía estadounidense". Cuando a Luis Guillermo Solís, director
de política exterior de la Cancillería costarricense, se le consultó si
Estados Unidos sentía celos de que las naciones latinoamericanas le
pudiesen ser infieles en materia comercial, dijo: "No tanto celos,
sino miedo. Y qué dicha que están dispuestos a jugar porque si no juegan
nos vamos a ir abajo, hacia el Sur".
Mientras nuestros altos funcionarios proferían tales
barbaridades, Mongolia abolía todo arancel e impuesto al comercio
internacional y su primer ministro, Mendsaikhany Enkhsaikhan, declaraba:
"Aunque una reacción natural a nuestra situación geográfica sería
erigir altas barreras proteccionistas, sabemos que eso significaría
condenarnos al atraso y al aislamiento perpetuo". Dígame, ¡dónde
están en realidad los mongólicos? ¡Allá o aquí? Debiéramos hacer lo
mismo que con el transporte aéreo. En la Declaración de San José, del 8
de mayo, cinco países centroamericanos firmaron un "Convenio de
Cielos Abiertos" con Estados Unidos, abriéndose por completo a la
competencia, sin restricciones en cuanto al número de vuelos, destinos,
tarifas ni conexiones hacia otros lugares. Eso es exactamente lo que los
centroamericanos tendríamos que hacer en todas las áreas comerciales.
En octubre de 1996, los países centroamericanos
decidieron disminuir los aranceles gradualmente, de tal manera que para
diciembre de 1999 las materias primas estuviesen totalmente exentas y los
productos terminados pagaron sólo 15 por ciento. Sin embargo, dos meses
después, como parte de las medidas para atenuar la deuda interna, Costa
Rica decidió posponer la reducción de aranceles acordada en dos puntos
(de 20 a 18 por ciento). Se dijo que la medida sería temporal y que la
desgravación continuaría de acuerdo con la programación previa. Pero no
fue así, se volvió a vacilar y a principios de junio de este año los
viceministros de Economía de Centroamérica decidieron, nuevamente,
aplazar la reducción arancelaria por cinco años más, con el fin de “darle
tiempo a los sectores productivos delicados de la región (textiles, ropa,
calzado, llantas, leche, papa, cebolla) para acomodarse al proceso”. De
manera que el techo arancelario de 15 por ciento fue pospuesto hasta el
2005.
En muchos países latinoamericanos, la desgravación
arancelaria ha experimentado un trayecto difícil por dos razones
fundamentales: 1) la fuerte oposición de ciertos sectores productivos que
gozan de incondicional apoyo gubernamental; y 2) un grado elevado de
dependencia que aún mantienen nuestros gobiernos de los ingresos
aduanales.
En cuanto a la primera, aunque muchos países pregonan
que todos sus ciudadanos son iguales ante la ley, no vacilan en permitir
que sus productores exporten libremente y hasta con subsidios pagados por
los consumidores, pero a estos últimos les niegan el derecho a importar
libremente lo que más les convenga. En este sentido, los consumidores
latinoamericanos seguimos siendo ciudadanos de segunda clase y por ello
seguimos sufriendo de altos índices de pobreza y desnutrición.
En cuanto a la dependencia de los ingresos
arancelarios, resulta sorprendente que durante 1996 y los primeros cinco
meses de 1997, los ingresos aduanales representaron para Costa Rica entre
45 y 47 por ciento de todos los ingresos del fisco, situación
verdaderamente aberrante y apropiada para las economías más atrasadas
del mundo.
Rigoberto Stewart
(AIPE, septiembre de 1997)