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Aranceles agrícolas: hambre para el pueblo

El gobierno de Costa Rica acaba de anunciar un incremento temporal del arancel al azúcar, para proteger a los productores nacionales de la caída del precio internacional. El arancel anterior era de 50 por ciento. La leche y los pollos pagan aranceles de 104 por ciento y 200 por ciento, respectivamente, y luego de tres años de reducciones simbólicas, pagarán 68 por ciento y 150 por ciento. ¿Acaso hay justificación para cobrar aranceles astronómicos?

El arancel es un impuesto que el gobierno cobra sobre bienes importados, con el propósito de encarecerlos y así permitir que los productores nacionales eleven sus precios a los consumidores locales. A esto le llaman protección. En el caso de la leche, con un arancel del 100 por ciento, lo que sucede es que cada vez que un pobre consumidor de mi país compra US$10 de leche tiene que regalar US$10 adicionales a la empresa lechera y US$2,60 al gobierno, por el IVA. Así es como el gobierno logra que los consumidores transfieran altas sumas a los productores de rubros específicos. Nuestros cálculos preliminares indican que a través de este mecanismo los costarricenses transferimos anualmente a los productores de la leche US$107 millones y US$63 millones a los productores de pollo.

Se argumenta que esos aranceles y las correspondientes transferencias son necesarios para compensar los subsidios que los gobiernos de países desarrollados otorgan a sus productores. Tal argumento es totalmente inválido y es sólo la excusa para transferir dinero de los pobres a los ricos con conexiones políticas.

El precio internacional es el resultado de la interacción de la oferta y demandas de cientos de países, cada uno con sus particulares distorsiones gubernamentales. Por eso, más que reflejar los subsidios de países desarrollados, el precio internacional es el resultado de la confluencia de innumerables factores, incluyendo las intervenciones que ocurren en los países subdesarrollados. La suma de esa infinidad de distorsiones hace que dicho precio esté ligeramente por encima o por debajo del que resultaría en un mundo ideal de cero distorsión, o sea, con cero intervención gubernamental. Un estudio de Fisher y Gorter, de la Universidad de Cornell (Amer.J.Ag.Econ. 74(1992):258-267), concluyó que si se eliminaran todos los programas de subsidio en los países desarrollados, los precios mundiales del arroz y trigo, en vez de aumentar, como se arguye, disminuirían 6 y 12 por ciento, respectivamente; en tanto que el precio del maíz subiría 3 por ciento. Por el tipo de intervención predominante, el caso de la leche debe de ser similar.

Estas conclusiones no sorprenden, ya que en los países desarrollados hay muchos programas gubernamentales en que se le paga al agricultor para que no produzca y eso eleva los precios. Y en los países subdesarrollados los aranceles permiten producción nacional a altos costos. En todo caso, si se utilizara este criterio para proteger a los productores, habría que fijar un arancel de 3 por ciento para el maíz y subsidios a la importación de arroz y trigo de 6 y 12 por ciento. Es decir, no se pueden justificar los astronómicos aranceles costarricenses sobre la base de tales argumentos.

Los productores no son los únicos afectados

Los consumidores también se ven afectados “distorsiones” como la de carteles como la OPEP que hace subir el precio de la gasolina, otras que devalúan la moneda para abaratar las exportaciones y los programas agrícolas que aumentan los precios internacionales del arroz, trigo y demás alimentos. Se trata, entonces, de una doble injusticia. ¿Cómo se puede justificar que los productores sean compensados por distorsiones desfavorables, pero no los consumidores, y que éstos además sean quienes paguen el subsidio compensatorio a los productores?

Si se quiere lograr cierto grado de equidad y justicia en el comercio internacional, habría que: (1) estimar el impacto neto de todas las distorsiones, no sólo el impacto de algunas de ellas; (2) compensar a los productores con un arancel cuando el neto de las distorsiones les resulte negativo y castigarlos con un impuesto cuando sea positivo; (3) subsidiar a los consumidores cuando el neto de las distorsiones es negativo para ellos y castigarlos con un impuesto (arancel) en caso de que sea positivo.

Tal tarea, sin embargo, sería prácticamente imposible por la falta de capacidad técnica para hacer los cálculos. También, resultaría en extremo onerosa y complicada, ya que el castigo o subsidio de un grupo no es neutral en relación con el otro.

Debido a estas limitaciones, el establecer el libre comercio para todos (la igualdad ante la ley) será siempre preferible en términos de justicia y equidad, a cualquier otra política de intervención de los mercados. Además, por ser respetuoso de los derechos individuales, el libre comercio es la política moralmente correcta.

Rigoberto Stewart
(AIPE, 6/8/1999)

 

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