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ALCA: rechazado por los trabajadores

Después de arduas negociaciones en San José, Costa Rica, los ministros de Comercio Exterior y los cancilleres de 34 países americanos firmaron el 19 de marzo la Declaración, la cual, una vez rubricada en Chile, en abril, pondrá en marcha el proceso de creación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Muchos fueron los aspectos que empantanaron el proceso que culminó con dicha declaración, entre ellos, los temas laboral, ambiental y protección del derecho a la propiedad intelectual. En punto relativo al  asunto laboral, los ministros acordaron dejarlo fuera de las negociaciones comerciales per se y crear una especie de comité de enlace para recibir las quejas de la sociedad civil. Este grupo reportaría las inquietudes de las organizaciones laborales al Comité de Negociaciones Comerciales integrado por los viceministros.

Esa era la única manera de avanzar. Las posiciones de las organizaciones de trabajadores han sido tan intransigentes e irracionales que de incluir el tema en las negociaciones no se hubiera logrado ningún avance. Ese mismo día, un grupo de representantes de todas la centrales sindicales de Costa Rica, con la participación de un representante de la AFL-CIO estadounidense y la CUT brasileña, montó una manifestación en las afueras del hotel donde estaban reunidos los ministros, exigiendo que se tomaran en cuenta los derechos laborales. Esta demanda contiene un error conceptual de importancia. Los derechos laborales nada tienen que ver con el comercio. Son dos temas separados. Los países no son los que comercian, como erróneamente se plantea, sino los individuos y las empresas que se afincan en determinado sitio geográfico. Si cualquiera de estos viola algún derecho genuino de los trabajadores, los tribunales correspondientes han de tomar las medidas necesarias, las cuales no han de incluir la supresión de sus relaciones comerciales, y menos las relaciones comerciales de otras empresas del país que no han cometido ninguna violación.

Pero no se trata solamente de derechos laborales, frecuentemente mal definidos. Los representantes de los trabajadores americanos se oponen rotunda y fatídicamente al libre comercio. Según Daniel Quesada, alto representante laboral, diversas organizaciones laborales, continentales y regionales, como la Organización Regional Interamericana de Trabajadores (ORIT) y muchos más, han manifestado que el establecimiento del área de libre comercio "lejos de llevar beneficios a los países, causará graves perjuicios, especialmente a los que sustentan su economía en la agricultura, o los que tienen un nivel menor de desarrollo para competir contra las grandes empresas transnacionales únicas beneficiadas de este tipo de acuerdos." Estos criterios son compartidos por diversos organizaciones laborales costarricenses. El Banco Popular (BP), una entidad creada para administrar el ahorro obligatorio de los trabajadores costarricenses y manejada por representantes de los distintos grupos laborales, manifestó, en el diario de mayor circulación nacional, lo siguiente: "El ALCA constituye un proceso injusto y antidemocrático por cuanto es el mayor acuerdo de comercio y liberalización del continente que comprometerá a países de economías dispares y de condiciones sociales y políticas muy diferentes (...). Los procesos de liberalización en marcha han significado el desmantelamiento de la pequeña y mediana empresa, principalmente agrícola, desmantelando de esa manera la estructura productiva, provocando a su vez la dependencia alimenticia e incrementándose el éxodo rural, agravando la pobreza, el desempleo y la violencia en las áreas urbanas (...). Los ciudadanos de las Américas no tenemos por qué pagar las consecuencias del incremento e intensificación de la competencia internacional provocada por el libre comercio". ¡Qué disparate!

Cuando el comercio es voluntario, jamás puede causar empobrecimiento, porque sólo los intercambios mutuamente provechosos se llevan a cabo. El comercio permite que tanto los productores como los consumidores de distintos países incrementen su bienestar a través del la especialización y el intercambio. La especialización de las empresas o individuos de un país en la producción de aquellos bienes para los cuales gozan de ventajas comparativas hace que sus recursos sean más productivos y, por ende, mejor remunerados. Los trabajadores ganan más. A la vez, el intercambio hace que los alimentos y otros productos resulten más baratos. Así es como el libre comercio favorece a los trabajadores, genera riqueza, tanto en la ciudad como en el campo, y aminora el éxodo rural y la violencia que genera la pobreza. Todo lo contrario de lo que plantean las organizaciones laborales.

¿Es necesario que las economías y las condiciones sociales y políticas de los países sean similares para que sus ciudadanos se beneficien de una relación comercial? Todo lo contrario. Hay mayores posibilidades de intercambio y beneficio mutuo cuando las condiciones de cada socio comercial son muy disímiles. Los líderes sindicales conciben el comercio internacional como una pugna entre productores de distintos países, en la cual los países desarrollados tienen todas las de ganar. Los trabajadores latinoamericanos son demasiado pobres como para permitirse el lujo de rechazar el libre comercio. Pero la pobreza se trata justamente de eso, de permitirse lujos que uno no puede costearse.

Rigoberto Stewart
AIPE, 28/4/98

 

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