El 17 de noviembre, la Asamblea Legislativa aprobó en
primer debate un proyecto para modificar la Ley de Armas y Explosivos. El
proyecto contempla una pena de uno a tres años de cárcel para aquellas
personas que tengan o porten armas “sin los permisos necesarios”. Esta
ley lesiona uno de nuestros derechos fundamentales. ¿Por qué?Las armas
de distintos tipos siempre han existido y seguirán existiendo. Como no es
posible eliminarlas -lo que sería ideal si a la vez se pudieran erradicar
los bajos instintos- se plantea el control estatal de la tenencia y, en su
extremo, la tenencia únicamente por parte del estado. Pero, como éste es
incapaz de controlar a los delincuentes, lo único que se lograría con la
medida sería controlar la tenencia de armas por parte de la gente que
sólo las querría para su propia protección. Los delincuentes seguirán
armados hasta los dientes. Queda claro, entonces, que este asunto de
control de armas se reduce a dos opciones: (1) que sólo los delincuentes
-dentro y fuera del aparato estatal- puedan portar armas libremente, o (2)
que todos podamos hacer lo mismo. No hay más. Además de violar nuestro
derecho natural a la autodefensa, la primera opción equivale al suicidio
colectivo o, al menos, a la esclavización de la gente decente. La
segunda, en cambio, resguarda ese derecho a la autodefensa y, contrario a
la creencia popular, reduciría la cantidad de violencia en la sociedad.
Un ejemplo. Hace poco más de un año, el gobierno de
Australia forzó la entrega de armas para su destrucción. En total se
entregaron 640 381 armas de fuego personales, por las cuales el gobierno
pagó $500 millones. Doce meses después, los resultados fueron los
siguientes: en todo el país, los homicidios se incrementaron 3,2 por
ciento, los asaltos, 8,6 por ciento, los robos a mano armada, 44 por
ciento (sí, 44%). En el estado de Victoria los homicidios con arma de
fuego se aumentaron 300 por ciento (!!). Curiosamente, los datos de los 25
años previos a la fatídica decisión de desarmar a las víctimas habían
mostrado una reducción constante de los homicidios con armas de fuego y
los robos a mano armada.
El derecho a la defensa propia. Siempre habrá quienes
quieran iniciar el uso de la fuerza contra otros. Así es la naturaleza
humana. De ahí que también es natural que la víctima se defienda. Lo
que resulta totalmente monstruoso es que A (el estado) ataque a B (el
ciudadano) para que éste no se defienda contra C (el otro criminal). Al
actuar de esta manera, el estado se convierte en otro agresor del cual el
ciudadano también se tiene que defender. Observamos, entonces, que el
derecho a la defensa propia toma dos formas: (1) el derecho a defenderse
de terceros y (2) el derecho a defenderse del estado.
Contra terceros. El ejercicio del derecho a defenderse de
otros no implica ni el caos ni la violencia generalizada. Más bien es una
garantía para la paz, o al menos minimiza la violencia. El Oeste salvaje
de los Estados Unidos era comparativamente mucho menos violento que
nuestras sociedades contemporáneas, en gran medida, porque prevalecían
el principio y el derecho a la defensa propia.
La negación de este derecho implica mayor violencia
porque el ciudadano decente queda a merced del hampa. Esto es así porque
el estado, su supuesto defensor, no puede ni quiere defenderlo. No puede,
porque para hacerlo necesitaría tener a un policía con cada ciudadano
todo el tiempo, lo que resultaría imposible por razones económicas y
logísticas. Además, no habría forma de evitar que muchos de esos
policías sean delincuentes o criminales. Por otra parte, la defensa del
ciudadano común es contraria a la naturaleza del estado: su inclinación
natural es la de saquear y esclavizar a sus súbditos.
Contra el estado. El segundo problema de la negación del
derecho a la defensa propia estriba en quién defiende al individuo cuando
es atacado por su supuesto defensor, el estado. A través de la historia,
el ente estatal ha sido el mayor agresor del ciudadano. De ahí que una de
las fuertes razones para tener, portar y usar armas es justamente para
defenderse del estado. Según Thomas Jefferson, “La razón más poderosa
para que la gente retenga el derecho a portar armas es, como un último
recurso, para protegerse contra la tiranía en gobierno”. Por tanto,
resulta ridículo tener que recurrir al agresor contra el cual uno se
quiere defender para obtener un permiso de portar armas .Responsabilidad.
Hasta ahora, las “autoridades” han emitido toda clase de decretos que
violan nuestros derechos, porque no les acarrean ningún costo o riesgo.
Esta situación debe cambiar. Deben asumir las consecuencias de sus actos?
En el caso del permiso que ahora nos exigen para tener armas, esa
rendición de cuentas podría hacerse de la siguiente manera: cada vez que
alguien sea asaltado con un arma no inscrita, se castigan a los diputados
firmantes de la ley y al ministro del ramo con un año de cárcel, además
de obligarles a resarcir a la víctima o a sus familiares. Así lo
pensarían dos veces antes de violar nuestros derechos mediante decretos y
leyes.
8/11/1999 No.10