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y regulaciones
América Latina: ¿Hasta dónde, las Reformas?
Hasta ahora se han dado dos "olas" o rondas de reformas en
América latina. La primera se caracterizó por la disciplina fiscal y
estabilización de precios, desregulación, privatización de empresas
estatales y apertura comercial. La segunda, alcanza la reforma de la
seguridad social y la flexibilidad en los mercados laborales, entre otros.
Este proceso, empero, no ha sido igual en todos los países. Por el
contrario, mientras algunos se encuentran muy avanzados en la segunda
ronda, otros apenas empiezan la primera, lo que dificulta una evaluación
global. No obstante, las evidencias indican que en los países donde hubo
reformas, éstos lograron la estabilización, la recuperación y hasta el
crecimiento económico. Inclusive las reformas mal hechas, como algunas
privatizaciones, dieron resultados positivos --como reducciones drásticas
de tarifas telefónicas y multiplicación de las líneas disponibles. En
los países donde las reformas fueron pocas o se estancaron, la economía
también se paralizó.
A raíz de lo anterior surgen dos temas que se presentan en forma de
interrogantes: ¿por qué las reformas han sido tan disímiles? ¿Cuáles
son los factores determinantes y cuál es el límite de las reformas:
hasta dónde ha de llegar el proceso? Tanto el grado de avance como el
límite de las reformas están condicionados por diversos factores, dentro
de los cuales se encuentran los obstáculos existentes en cada país, los
tipos de adversarios y la fuerza de éstos, y la existencia de tabúes o
"vacas sagradas". Pero quizás el factor más determinante, es
la motivación; es decir, los hechos, factores u objetivos que estimulan
el proceso. El connotado economista del Banco Mundial, Deepak Lal, señala
que "es muy raro que la liberalización económica provenga de una
conversión intelectual de los gobernantes, quienes, reconociendo sus
errores del pasado, buscan realizar la transición de una economía
controlada a una de mercado; más bien las reformas frecuentemente se
hacen para retomar el control de la economía." Es decir, los
gobernantes reforman sólo cuando el costo (político) de no hacerlo es
mayor. Este objetivo (retomar el control) conduce a un mínimo de
reformas; las estrictamente necesarias para que la élite política pueda
seguir extrayendo del resto de la sociedad la máxima renta posible. En
algunas ocasiones, pocas por cierto, las reformas han sido motivadas por
el genuino deseo de incrementar (no optimizar) la eficiencia económica.
Cuando esto se da, el límite es arbitrario y tanto éste como el grado de
avance dependen, en alguna medida, de posturas ideológicas y concepciones
previas con respecto al estado y sus funciones.
Los ajustes en América Latina han sido estimulados por los dos
factores anteriores: el deseo de retomar el control de la economía y de
incrementar la eficiencia económica. Esta es la razón por la cual el
avance ha sido tan heterogéneo y relativamente escaso. Las reformas
avanzarían mucho más y el límite dejaría de ser arbitrario si se
realizaran por el imperativo moral que existe, o para optimizar la
eficiencia económica.
Motivación de Orden Moral
Esta motivación está sustentada en el derecho de propiedad. De
acuerdo con el derecho natural o el principio de no-esclavitud,
todo ser humano es dueño de sí mismo, por lo tanto debe tener absoluta
libertad para disponer de su cuerpo, mente y bienes (honestamente
adquiridos) de la forma que prefiera o mejor le convenga, siempre que
respete el mismo derecho de todos los demás; es decir, siempre que no
medie la fuerza ni el engaño. De este principio se deriva el derecho
absoluto a la propiedad bien habida y a la libertad económica. Esta
libertad significa la potestad del individuo de utilizar su propiedad
(cuerpo, mente, bienes, dinero) para cualquier actividad: producir,
comprar, vender, importar, exportar, trocar, etc.
Si las reformas estuviesen motivadas por el reconocimiento de este
derecho, como en realidad debería ser, éstas llegarían mucho más
lejos. Por ejemplo, se tendría que: eliminar todo arancel, porque
cualquier barrera comercial constituye una violación de la libertad
económica; liberalizar completamente el mercado laboral para que el
dueño de la propiedad pueda entrar en libre contratación con otros;
cerrar los bancos centrales y volver al dinero privado, porque la
monopolización del dinero y la inflación causada por incrementos
caprichosos del circulante constituyen una confiscación parcial de la
propiedad; sustituir los impuestos por cobros según servicios demandados
y recibidos, porque el derecho a la libertad económica implica que las
transacciones solo pueden ser voluntarias (muchos servicios que ahora
presta el estado en forma deficiente ---judicial, protección policial,
educación, salud, carreteras-- deberían ser financiados únicamente por
la vía del cobro a los usuarios); prohibir el endeudamiento público,
porque endeudarse en nombre de otros es un acto propio de la esclavitud y
porque ante la imposibilidad de cobrar impuestos, no habría cómo pagar
esas deudas.
Además, se plantea la privatización de las empresas estatales por al
menos tres razones de orden moral: uno, porque se obliga a los ciudadanos
a ser "socios" de empresas en las cuales ellos asumen las
pérdidas pero los políticos y sindicatos gozan de las ganancias. Dos,
las empresas estatales frecuentemente operan como monopolios, violando
así el derecho de todo ciudadano a participar como oferente en cualquier
mercado y de adquirir el servicio de quien él prefiera. Tres, el estado
actúa como regulador de la actividad económica y a la vez como proveedor
del servicio; es juez y parte: una inmoralidad. Se observa,
entonces, que la motivación moral llevaría las reformas mucho más allá
de lo contemplado por los gobiernos y de lo que recomiendan inclusive los
liberales.
Optimización de la Eficiencia Económica
Esta motivación es absolutamente compatible con la de orden moral --el
respeto absoluto del derecho de propiedad-- en el sentido de que conducen
a las mismas reformas. Por ejemplo, los que aún le asignan al estado
ciertas funciones básicas, plantean la privatización de las empresas
estatales como la mejor forma de liberar recursos que los gobiernos
necesitan con urgencia para ampliar y mejorar las obras de
infraestructura, así como brindar otros servicios indispensables para el
desarrollo. No tiene sentido que un gobierno mantenga, por ejemplo, el
equivalente al valor de la producción nacional de un año
"invertido" en actividades productivas en las cuales el sector
privado está ansioso por participar, mientras el país carece de
suficiente infraestructura o sufre los desajustes de la deuda pública. En
términos de retornos a la sociedad, esta acción constituye una pésima
decisión de inversión.
En otros casos se plantea la privatización para rescatar el derecho de
propiedad e introducir elementos de mercado en actividades donde han
estado ausentes. Los servicios de educación, salud, pensiones, seguridad
ciudadana y justicia son deficientes porque no hay una relación de
dependencia directa entre el oferente y el demandante: el usuario es
obligado a pagar, por adelantado --vía impuestos o deducciones
salariales-- e independientemente de la calidad y cantidad del servicio
que recibe. En estas circunstancias, las deficiencias son explicables,
inevitables. La obvia solución o reforma consiste en hacer que el
bienestar de los proveedores del servicio dependa enteramente de la
cantidad y calidad de los bienes que entreguen, o sea, de la satisfacción
de los demandantes. Los pagos del usuario han de ser voluntarios, por lo
que el estado no debe asumir los salarios de los proveedores de esos
servicios. Esta solución implica privatizar, una acción que se
facilitaría por el hecho de que ninguno de esos servicios tiene carácter
de bien público (en el sentido económico); es decir, existe la
posibilidad de excluir del servicio a los que no paguen. Aquí se observa
que tanto la motivación ética como la de la optimización económica
conducen a la misma reforma: privatizar.
El Caso Costarricense
En Costa Rica, donde el proceso de reforma ha sido en extremo gradual,
temeroso y zigzagueante, con aceleraciones, desaceleraciones,
estancamientos, desviaciones y hasta retrocesos; la motivación primordial
ha sido el deseo de los políticos de retomar el control de la economía
para así continuar con el saqueo sistemático de la ciudadanía. El
aspecto moral, antagónico de la motivación principal, ha brillado por su
ausencia --está muy por encima de la estatura de nuestros políticos.
Este hecho desvirtúa el actual proceso de concertación, el cual, por
falta de consideraciones éticas que le sirvan de guía, se ha convertido
en un ejercicio demagógico ... una especie de suicidio colectivo, con
algo de asistencia.
Rigoberto Stewart
(El Financiero, C.R. 12/10/98)
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