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El crimen económico

El Instituto Fraser de Canadá y el Instituto Cato de los Estados Unidos, además de institutos independientes de otros 52 países, publicaron, en enero, el Informe Anual 2000: Libertad Económica en el Mundo, sobre el cual hice referencia en un artículo anterior (La Nación/17/5/p15A). De este informe, que clasifica a 123 países según su Índice de Libertad Económica (ILE), podemos extraer dos conclusiones muy importantes: (1) actualmente vivimos en un planeta más libre económicamente y (2) la violación del derecho humano a la libertad económica es un crimen por el cual los gobernantes deben ser juzgados y condenados como cualquier otro criminal.

Un mundo más libre. A pesar de que el informe indica que muchas personas continúan viviendo bajo gobiernos que son hostiles a la propiedad privada, la elección individual y la libertad de intercambio, el mundo avanza en cuanto a libertad económica. El ILE promedio (con un rango ascendente de 0 a 10) para los 123 países incluidos en el estudio fue de 6,6 en 1997, significativamente superior al de 5,3 en 1980. Esto se debe a mejoras globales en varios componentes del índice, como la inflación, el comercio internacional, los impuestos y el consumo del gobierno. El promedio de la tasa de inflación descendió de 14,5 por ciento en 1980 a 5,8 en 1997 y el número de países con una tasa de inflación anual inferior al 5 por ciento pasó de 10 a 55, el promedio de los aranceles descendió de 27 por ciento en 1980 a menos de 12 en 1997; y a pesar de que las transferencias y los subsidios continúan en crecimiento -11,3 por ciento del PIB en 1997-, la parte de los bienes y servicios consumida por el gobierno se ha estabilizado y las tasas marginales máximas de los impuestos han descendido drásticamente.

Libertad económica, prosperidad y calidad de vida. El estudio demuestra, inequívocamente, que hay una relación directa y causal entre libertad económica y prosperidad. Durante 1970-97, los países que conforman el 20 por ciento de los más libres, económicamente hablando, tuvieron un ingreso per cápita promedio de US$18 108 y una tasa de crecimiento promedio anual de 1,6 por ciento, mientras que los países ubicados en el último 20 por ciento de la clasificación, el ingreso per cápita fue de tan sólo US$1 669 y la tasa de crecimiento promedio anual de B1,3 por ciento (negativo). Además, la esperanza de vida promedio en los 24 países con mayor libertad económica supera en más de 20 años a los 24 países menos libres.

El crimen económico. Las evidencias son claras: los gobernantes que violan el derecho de sus ciudadanos a la libertad económica generan pobreza y hasta provocan la muerte (reducen la calidad y la “cantidad” de vida -años hombre- de la población), y esto es adecuadamente mensurable. Por ejemplo, durante 1970-82, el ILE de Costa Rica bajó de 8,1 a 5,6. Con los datos del estudio se puede estimar las muertes generadas (la cantidad de años hombre perdidas en el tiempo) por ese grado de violación de la libertad económica. Ya se ha hecho para la violencia. Los doctores Guido Miranda y Luis del Valle determinaron que durante la década de los noventa, en Costa Rica, se perdieron 240 000 años de vida por esta causa.

En cuanto a la pérdida en términos de calidad de vida, uno se puede preguntar: “¿Cuántos niños han debido prostituirse a causa de ese atropello que genera pobreza?¿Cuántos niños han visto truncado su desarrollo físico y mental a causa, digamos, de un arancel a los lácteos de más de 100 porciento?”. La lista es larga.

El caso Pinochet sienta un buen precedente: los crímenes de los gobernantes no deben quedar impunes. Se debe juzgar a todas las autoridades que sacrifican a los ciudadanos por medio de la violación de su derecho humano a la libertad económica; sólo que no se podrá acudir a jueces oficiales, como Baltasar Garzón, porque forman parte del aparato criminal. Se tendrá que acudir a un tribunal privado y a un ente privado para ejecutar la sentencia. ¿Quién se apunta?

Rigoberto Stewart

(La Nación, C.R., 23/8/00)

 

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