El asunto de la demanda, individual y colectiva, contra
las compañías tabacaleras se las trae. Todo parece indicar que los
colectivistas -quienes nos ven como una manada de animales sin derechos ni
responsabilidades individuales-, la mafia política, los corruptos, los
zopencos y los intelectuales de cafetín se han confabulado para
brindarnos un sainete que exalta la inmoralidad, la irracionalidad y la
estupidez. El asunto, que trasciende el mero hecho de atacar a una
industria, es muy serio. Es tan grave que amenaza los mismos fundamentos
que sustentan la vida en sociedad, pues induce a la irresponsabilidad
individual y a la impudicia.
Responsabilidad individual. Contrario a lo
manifestado por los actores de esta comedia, el tema del fumado es en
extremo complejo. El conocimiento del peligro que entraña el fumado
existe, pero la gente sigue fumando. ¿Por qué? Obviamente porque cuando
el vicioso fuma obtiene placer, bienestar si se quiere. Esa es la parte
positiva para él. Las enfermedades que podría sufrir a causa del fumado
son la parte negativa. Cada fumador hace una valoración muy subjetiva de
lo positivo y lo negativo, luego toma su decisión. Si tuvieran la certeza
de que el fumado les implica cinco años menos de vida, muchas personas
continuarían fumando. Para ellas, el deleite de fumar durante muchos
años vale más que esos cinco años finales. Pero esta valoración sólo
la puede realizar cada individuo y sólo él debe tomar la decisión.
Pero el asunto es aún más complejo. Nadie sabe
cuánto va a vivir ni cómo va a morir. De ahí que todas las decisiones
individuales (en libertad) son en extremo subjetivas. El fumador no sabe
si va a morir atropellado por un bus, en un accidente de aviación o por
alguna enfermedad no relacionada con el tabaco. Muchos dirán: -Por qué
he de privarme del placer de fumar si hay tantas otras cosas que me pueden
matar. No sé si moriré mañana acribillado por un cobrador de impuestos
o un asaltante cualquiera; así que disfrutaré de unos cigarros-. Sucede
lo mismo con la decisión de tomar licor, comer unos chicharrones o
participar en una carrera automovilística.
Cada ser humano tiene el derecho natural e inalienable
de tomar este tipo de determinaciones. Si al individuo no se le permite
tomar sus propias decisiones, en el ámbito personal, otra persona,
generalmente un imbécil, lo hará por él. Esto implica que él no es
dueño de sí mismo, que pertenece a otro, que es un esclavo. Pero la
esclavitud ya no es aceptable.
Luego de tomar sus decisiones libremente (como la de
fumar), el individuo debe asumir las consecuencias de esas elecciones,
cualesquiera que sean. La alternativa -acogida por los papanatas-- sería
un verdadero caos. Todo el orden social se vendría abajo. Imaginen la
situación donde un individuo mata a 10 personas a tiros y luego culpa a
la televisión, al profesor de religión o al fabricante del arma; o que
otro lance su carro contra la multitud y luego culpa al fabricante del
auto o al autor de equis libro. Con base en ese criterio se podría
demandar a los fabricantes de todo: autos, armas, televisores, venenos,
refrigeradoras, bicicletas, etcétera. Y cuando ellos dejen de fabricar
todo, ¿dónde quedamos?
Colectivismo alienante. El segundo gran aspecto
del sainete de marras que merece ser destacado es el colectivismo al cual
nos quieren someter. Veamos. El diputado José Merino del Río señala (Al
Día, 30/10/99) que la Caja Costarricense de Seguro Social tuvo un gasto
derivado del consumo de cigarrillos equivalente a ¢29 364 millones
durante el período 1993-1997, y que ese gasto incluye las incapacidades y
la atención en las clínicas y hospitales, pero no los gastos en
medicamentos. Según este diputado, las dos tabacaleras que existen en el
país pagaron en 1998 ¢10 503 millones por concepto de impuestos, pero
que ese año el Seguro Social gastó ¢10 788 millones atendiendo
pacientes relacionados con el consumo del tabaco. Y concluye: “El Estado
recibe menos de lo que gasta. Pareciera que esa situación justificaría
plenamente que el Estado costarricense demande a las transnacionales
tabacaleras con asiento en Costa Rica.” Que semejante barbaridad salga
de la boca de un legislador es sumamente preocupante.
Esta tesitura es típica de los colectivistas. La
verdad es que el Estado costarricense no gasta nada, no paga nada.
Nosotros pagamos por los magros servicios médicos que recibimos. El
Estado nos obliga a pagar, por adelantado, esos servicios. Luego, por arte
de birlibirloque, el dinero deja de ser un pago por un servicio, pierde
todo ligamen con los verdaderos dueños y se convierte en dinero del
Estado. Y cuando los enfermos llegan por el servicio médico ya pagado
-por las razones que sean-- “le causan un gasto al Estado”. ¡Cuánta
impudicia! Una demanda en estas condiciones sería un doble cobro:
primero, el Estado le cobra a los afiliados y luego demanda a la
tabacalera por el mismo gasto. Una estafa ... desde el trono. Y se supone
que estos señores son los que nos deben proteger contra otros
estafadores. ¡Cuánta ironía! Parece increíble que un diputado pueda
sugerir esto; menos respaldarlo.
Hay más. ¿Puede el Estado asumir de oficio la
representación de todos los fumadores y demandar a las tabacaleras?
¿Tiene autoridad legal y moral para hacerlo? Tendría autoridad legal
sólo si en lugar de individuos que toman sus propias decisiones fuésemos
un rebaño de esclavos pertenecientes al Estado. Aunque no lo quieran
entender, eso no es así. ¿Y autoridad moral? Menos. ¿Cómo la podría
tener un Estado que vierte las aguas negras, sin tratar, a los ríos; que
bota la basura en cualquier parte a cielo abierto; que mata gente todos
los días a través de los grandes huecos en las carreteras, o que -aquí
está lo peor- subsidia a los agricultores que producen tabaco? Pero eso
no es todo. Para los efectos sobre la salud, no hay mayor diferencia entre
el cigarro y el licor. Sin embargo, el Estado fabrica y vende licores.
¿Propondrá el diputado, y quienes piensan como él, que se demande a la
Fábrica Nacional de Licores (al Estado) por todos los costos que le
acarrea a la CCSS la atención de pacientes afectados por el licor,
incluyendo las incapacidades? ¿Dónde están los principios morales y los
valores? Nos hemos convertido en una caricatura de seres humanos y de
sociedad. ¿Qué sigue?
Rigoberto Stewart
(El Financiero, C.R., 20/12/99)