Desde hace varios siglos se descubrió que el nivel de
vida de dos pueblos podía ser incrementado si en vez de producir, por
separado, todo lo que cada uno desea consumir, se especializa cada uno en
la producción de aquello para lo cual es más apto (tiene una ventaja
comparativa) y luego intercambian productos. Sobre este descubrimiento
descansa la esencia de la teoría de comercio internacional que muchos
hemos estudiado, teoría que, se supone da sustento a los tratados de
libre comercio en general, y, en particular, a las negociaciones de libre
comercio que Costa Rica ha sostenido y sostendrá con varios países.
De acuerdo con la teoría, basada en hechos observados
(y que no es menos útil por ser teoría, como muchos idiotas creen), los
limonenses y los habitantes del Valle Central, por ejemplo, pueden
consumir, cada uno, más plátanos y café si Limón se especializa en la
producción de plátanos y el Valle Central en la producción de café y
luego realizan un intercambio, que si ambas regiones se dedicaran
tercamente a producir las dos cosas. Por razones de clima, principalmente,
Limón tiene una ventaja comparativa en la producción de plátanos y el
Valle Central, en la producción de café. Este es el mismo principio que
se aplica a nivel de países o bloques de países y para una gran cantidad
de bienes y servicios.
Los especialistas en comercio internacional señalan
claramente como los términos de intercambio (los precios) se tornan más
favorables para cada país o región luego de la especialización y el
intercambio (el precio del producto comprado es menor, el del producto
vendido es mayor), y explican cómo el grado en que sea favorable
dependerá, en cierta medida, de la habilidad negociadora de cada parte:
el negociador más hábil sacará ventaja para su pueblo, negociando un
precio más bajo para el producto que compra del otro país.
A la luz de estos conocimientos, cuando uno observa lo
que sucede en las negociaciones de libre comercio en Latinoamérica,
incluyendo Costa Rica, no puede más que concluir que la teoría o no fue
estudiada del todo o nuestros jerarcas o negociadores la entendieron al
revés, que a juzgar por mi corta experiencia docente en la Universidad de
Costa Rica, esto no sería sorprendente. Para ellos (y el grueso de la
población, desafortunadamente), el objetivo del comercio internacional es
el incremento de la producción y la venta al exterior, y no el incremento
del consumo y, por consiguiente, del bienestar del pueblo, Los “hábiles”
negociadores latinoamericanos buscan afanosamente comprar a precios lo
más alto posible o no comprar del todo. Todo lo contrario de lo que
dictan los principios de comercio internacional y el sentido común. En
este sentido lo que sucede en la mesa de negociaciones es una tragicomedia
digna de las mejore plumas:
los dos equipos llegan a dicha mesa armados hasta los
dientes con altas dosis de interés particular, impudicia y viveza criolla
(aquella que tiene a casi todos los latinoamericanos comiendo caquita
adobada con cólera, dengue y otras especies) y negocian férreamente
desde posiciones totalmente contrarias a los intereses de las
sociedades que representan. Esto los lleva a enfrascarse en interminables
negociaciones sobre cosas estúpidas como normas de origen, asimetría y
otras bagatelas. Lo curioso y paradójico es que ninguno de los dos
equipos ha tenido la capacidad ni la lucidez para advertir la poca
inteligencia del otro.
Para aprovechar las ventajas de la especialización y
el intercambio se debería negociar como consumidores; o sea, cada quipo
debería llegar a la mesa con la idea de comprar todo lo que el otro le
pueda vender barato (ojalá regalado) y vender todo lo que el otro le
pueda comprar caro. Pero no. Cada equipo llega a negociar como productor,
y lo primero que hace es sacar una gran lista de todo aquello que no
quiere comprar, que no quiere que le vendan barato a los empobrecidos
consumidores de la sociedad que representa. En realidad, debería haber
dos mesas de negociaciones: una de consumidores; otra, de productores. En
la primera, los consumidores negociarían con los productores del otro
país para comprar todo lo que el otro ofrezca barato (o sea a menor costo
que el que enfrentan en ese momento); en la segunda , los productores
negociarían con los consumidores del otro país para vender todo aquello
por lo cual los otros pagarían un precio por encima de sus costos de
producción. De esta forma cada país terminaría vendiendo los bienes y
servicios en los cuales tiene una ventaja comparativa, y comprando los
bienes y servicios en los cuales el otro tiene una ventaja comparativa;
tal como rezan los principios del comercio internacional. En este momento
hay una sola mesa de negociaciones: la de los productores, y en ésta la
lucha es por vender y no por no comprar perjudicando así el grueso de la
población.
Los lecheros, por ejemplo, luchan por vender cada vez
más a Centroamérica, México y otros países (que es bueno), pero a la
vez luchan para que no entre leche barata aquí. Lo quieren todo. De esta
manera saborean las mieles de las ventas externas mientras mantienen
rehenes a los consumidores ticos (¿hasta cuándo seguiremos tan
domesticados?). Aquí se cumple el dicho norteamericano de have your
cake and eat it too. De esta forma los únicos que ganan con los
tratados son los productores. El país como un todo, pierde. Y los
consumidores no sólo dejamos de aprovechar lo que está barato afuera,
sino que también subsidiamos la exportación a otros países.
En otro artículo explicaré por qué es absurdo
negociar tratados de libre comercio desde la óptica del productor y por
qué el grueso de la población no se beneficia en nada de la forma actual
de negociarlos.
Rigoberto Stewart
(La Nación, C.R., 19/4/94)