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Mercantilismo peligroso

En su artículo “Fundamentalismo peligroso” (La Nación, 6/5/99, P.14A) el señor Jaime Harrington, presidente de la agrupación lechera, ensaya una defensa de la indefendible política de protección a los industriales lecheros y, entre otras lindezas, me acusa de caer en una “tesitura ultraliberal y utópica”. Voy al grano.

Igualdad. Mi tesis, que debe coincidir con la de cualquier ser humano decente y medianamente inteligente, es la siguiente: en política de comercio internacional, lo moralmente correcto es la igualdad ante la ley. Tanto los empresarios -industriales de la leche y otros - como los consumidores debemos tener absoluta libertad para aprovechar las oportunidades que ofrece el mercado internacional. Los primeros, libres para decidir qué producir y adónde venderlo; los segundos, libres para decidir qué consumir y de dónde obtenerlo.

En este sentido, lo ideal es que no existan aranceles del todo, ya que son discriminatorios y empobrecedores. Pero si el gobierno decide cobrar aranceles por razones puramente fiscales, estos han de ser iguales para todos -industriales y consumidores. Por ejemplo, un arancel del 5% sobre todos los bienes y servicios que se importen y un impuesto del 5% sobre todos los bienes y servicios que se exporten.

Esta igualdad es el espíritu del Artículo 33 de la Constitución, que reza: Todo hombre es igual ante la ley y no podrá hacerse discriminación alguna contraria a la dignidad humana. Acostumbrado a nuestro nefasto feudalismo, en el cual, en virtud de su apellido o apariencia física, cierta gente han gozado de privilegios que los demás no osamos ni soñar, el señor Harrington califica mi llamado por la igualdad ante la ley como descabellada, utópica. ¡Cuán poco hemos avanzado en 500 años!

Una discusión bizantina. En su intento por justificar la política que nos cuesta a los consumidores muchos de miles de millones anualmente, el señor Harrington destaca los aranceles y precios de la leche en varios países. Hay tanto ahí que uno podría refutar, pero ponernos a discutir si la leche es más cara en Costa Rica que en Kundanga es como si ante una epidemia de violaciones sexuales en América Latina nos concentráramos en averiguar si los violadores ticos son más guapos que los argentinos. El punto es que hay una violación de los derechos de un ser humano y el hecho es inmoral. El grotesco arancel lechero es una violación de nuestro derecho; una inmoralidad.

En este diálogo de sordos, el señor Harrington nos regala un par de joyas. Primero, nos señala que “el país como un todo se anota un gran triunfo comercial al obtener una cuota para leche UHT (...) significativa por permitir el acceso a uno de los mercados más protegidos del mundo...” Esto es el colectivismo alienante en su máxima expresión. Violan mi derecho y me perjudican, pero el país como un todo se beneficia. Con este argumento, una “cámara” de criminales puede capturar a ciertos ticos y extraer sus órganos para exportarlos a mercados de difícil penetración. El país, como un todo, se beneficiaría.

Segundo, nos da una lección de economía. Argumenta que ¡cuanto más sube el arancel, más baja el precio! Por esta razón, en Costa Rica, el país con el arancel más elevado, la leche es más barata. La economía entendida al revés. Si esto es cierto, ¿por qué exigen elevados aranceles?

Mercantilismo peligroso. El señor Harrington nos da a entender que luchar por nuestros derechos elementales es peligroso. ¿Cómo puede ser la igualdad ante la ley más peligrosa que el mercantilismo -que desangra a unos para engordar a otros- practicado y defendido por ellos? Para preservar la paz, recomiendo que se reduzca el arancel a cero, y que los tontos compremos la leche cara de afuera y los demás la leche baratísima que venderán los lecheros.

Rigoberto Stewart
(La Nación, C.R., 16/6/99)

 

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