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TLCs: ¿Estulticia centroamericana?

Costa Rica acaba de firmar un tratado de libre comercio (TLC) con República Dominicana (RD); antes lo había hecho con México y contempla uno con Chile. No hace mucho, Nicaragua acaba de firmó uno con México. El Salvador ha expresado públicamente su disposición para negociar TLC parecidos con países como Panamá y Chile y ya firmó uno con RD. Además, ha manifestado su interés por una adhesión al tratado de libre comercio de América del Norte (NAFTA) o eventualmente negociar un TLC con Estados Unidos. Honduras ya firmó o está por firmar un TLC con RD. Y el Triángulo del Norte, constituido por El Salvador, Honduras y Guatemala, actualmente negocia un tratado con México.

¿Significa todo este frenesí tratadista que los gobernantes en esos países finalmente, y como por obra de magia, han entendido los principios del comercio internacional; es decir, los de la especialización y el intercambio, tan brillantemente expuestos desde tiempos inmemoriales por grandes pensadores como David Ricardo? La respuesta es un rotundo no. Lo que los anima no tiene nada que ver con esos principios. Todo lo contrario. Negocian los TLC porque están de moda y porque la clase político-empresarial se dio cuenta de que, a través de ellas, puede obtener jugosas ganancias. De ahí que los TLC que se negocian no tienen nada que ver con el libre comercio; son únicamente concesiones recíprocas de preferencias arancelarias que se dan entre los gremios productores de dos países, vía el gobierno. Son manifestaciones de la “viveza criolla”, en las cuales se entremezclan y se confunden el mercantilismo puro, la estupidez, la inmoralidad y el desdén por los derechos de los consumidores. Hay por lo menos tres aspectos de esas tragicomedias llamadas TLC que merecen ser destacadas.

1. Se negocia de productor a productor. Es bien sabido que para que haya comercio debe haber uno o más que compre y uno o más que venda. El mercado está compuesto de oferentes por un lado y demandantes por el otro. Si falta una de estas partes, no hay mercado ni comercio. Sin embargo, en los mal llamados TLC, esto es precisamente lo que ocurre. Cada país envía a la mesa de negociaciones a los representantes de sus productores, por lo que en esencia lo que hay es una mesa en la cual se sientan los productores (o sus representantes) del país A en un lado y los del país B en el otro, y entonces se enfrascan en una discusión interminable (por años y hasta décadas) sobre lo que ellos llaman "libre comercio". En dicha mesa, en lugar de que el equipo de un país presente una lista de todo lo que quiere comprar y el del otro la lista de todo lo que quiere vender, los dos equipos presentan una lista de todo lo que no quieren comparar (lo que no quieren que entre al país). Paradójicamente, no presentan (no existen) listas de lo que cada país quiere vender, ni hay propuestas de venta.

Además, negocian concesiones arancelarias sobre el mismo producto. Es decir, toman la partida arancelaria, digamos 0201100, y cada parte hace una oferta de desgravación sobre esa misma partida. Lo lógico sería que negocien desgravaciones sobre los productos que cada uno vende o produce con ventaja. Es decir, si Honduras produce el bien 02121100 con ventaja, negocia una reducción arancelaria sobre este producto, mientras que México negocia una reducción sobre el producto 21022201, que es uno de los que produce con ventaja. En síntesis, Honduras debería presentar la lista de los productos a los cuales quiere que México les de acceso, y México debería presentar la lista de los productos a los cuales quiere que Honduras les de acceso. Por último, los países centroamericanos no sólo cometen la torpeza de negociar plazos diferenciados (ej. México desgrava en 4 años y ellos en 11, para el mismo producto), sino que negocian plazos larguísimos para bienes que ni siquiera producen.

2. Se ignoran las ventajas comparativas. En todo el proceso, no hay ninguna consideración sobre la ventaja comparativa, el pilar sobre el cual descansa todo el principio básico del comercio internacional.

3. Se desdeña el beneficio al consumidor. La tesis prevaleciente es que los productores necesitan tiempo para adaptarse y poder competir --aun si no tienen ni tendrán nunca ventaja comparativa-- mientras que los consumidores sí tienen tiempo; pueden esperar décadas para lograr los beneficios. Por consiguiente, no se le da importancia al incremento en consumo que es de donde proviene la mayor parte del bienestar que genera el libre comercio.

Por todo lo expuesto, los TLC que negocian los países centroamericanos no sólo constituyen una afrenta a la ética y a la inteligencia sino que no lograrán el incremento en bienestar que es posible y esperable de estos acuerdos.

Rigoberto Stewart
(El Financiero, C.R., 21/12/98)

 

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