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Leche y mercantilismo feudal

En febrero de 1996, el ministro de comercio e industrias de Panamá, Raúl Arango, anunció que su país tomaría represalias si El Salvador prohibiera la libre importación de queso amarillo panameño, en franca violación del tratado bilateral firmado por ambos países. Por otra parte, durante las consultas que debió realizar Panamá como parte del proceso que culminaría con su incorporación en la OMC, este país se opuso ferozmente a que Costa Rica exportara a su mercado 5 millones de litros de leche de larga vida UT, así como leche pasteurizada y descremada; y logró, mediante arduas negociaciones, que se impusiera una cuota de 2.600 tm de leche de todo tipo (sólo incluía 108 mil litros de leche UT) a un arancel preferencial del 15%.

Cualquier cantidad por encima de esa cuota pagaría un arancel del 90%. Costa Rica, por su parte, se peleó con Nueva Zelandia durante sus propias consultas para ingresar en la OMC, y consiguió "proteger" su mercado con un arancel del 111%. Esta tesitura es característica del mercantilismo feudal imperante en América Latina, según el cual los productores/industriales luchan tan denodadamente por vender en otros países como por impedir que otros vendan en el suyo. Así, con la complicidad de las "autoridades", exportan cuanto quieren (hasta con subsidios financiados por el pueblo), mientras obligan a los consumidores a pagar sobreprecios de más del 100%.

La reciente escasez de leche y su trasfondo nos recuerda lo poco que valemos como consumidores. Si se reuniera a una muestra de ciudadanos tomada al azar de la población que vacaciona temporalmente en La Reforma, se les informara que los ticos son sub-humanos sin derechos, y se les pidiera que diseñaran una política de comercialización de leche pro-industriales, sería muy probable que inventaran un desaguisado muy parecido al actual. Como parte de la presente política, el gobierno les niega a los consumidores su derecho humano a adquirir, libremente, leche barata y sus derivados en el exterior; fija el precio de la leche fluida (2% grasa) mucho más alto que lo que costaría importarla; deja libres los precios de los derivados lácteos, y estimula la exportación de leche y todos los demás productos lácteos. Una de las consecuencias lógicas de esta política es que cada vez que puedan obtener mejores precios vendiendo productos elaborados en el mercado nacional o exportando leche fluida, en polvo y otros productos, los industriales utilizarán la leche fluida de "consumo nacional" para hacerlo (la exportación aumentó en abril un 95% en relación con el mismo mes del año anterior). Este hecho explica la escasez reciente, y hace que la correspondiente reacción de las autoridades sea cómica.

Ante esa política surgen algunas preguntas "necias". ¿Somos, los consumidores, seres humanos con derechos? En un Estado "de derecho", donde se supone que todos somos iguales ante la ley, ¿por qué los productores-industriales tienen el derecho de exportar lo que quieran y hacia donde quieran, mientras que los consumidores no tenemos el mismo derecho a importar lo que deseamos y de donde sea? ¿Por qué debemos, los consumidores, subsidiar sus exportaciones con CAT y sobreprecios, si ellos no subsidian nuestras importaciones? Si los ticos fuésemos seres humanos con verdaderos derechos y las autoridades, medianamente decentes, se les permitiría a los consumidores elevar significativamente su bienestar y nutrición a través de importaciones baratas, y a los industriales, conquistar los mercados externos con base en su propio esfuerzo. Esto sería lo moralmente correcto, y todos ganaríamos. Además, los políticos no tendrían que indicarles a las empresas cuánto insumo dedicar a cada producto.

Si yo fuera empresario, hay dos cosas que jamás permitiría: que saquen el pan (o la leche) de la boca de los necesitados para entregármelo, ni que un imbécil, por más "autoridad" que sea, me dicte cómo combinar mis insumos de producción.

En materia de derechos humanos, incluyendo el derecho a la libertad económica, todavía andamos en pañales. Aunque nos duela cuando nos lo recuerdan, apenas somos una Banana Republic, que para quienes nos lo endilgan significa tres cosas: que sus líderes con crueles, corruptos y gaznápiros; que los ciudadanos no tienen derechos; no valen nada; y que sus verdaderos intelectuales carecen de coraje.

Rigoberto Stewart
(La Nación, C.R., 31/5/97)

 

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