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Especialización e intercambio

Desde que el hombre empezó a vivir en sociedad, hace miles de años, comprendió que podía alcanzar mayores niveles de vida si en vez de producir todo lo que requiere para vivir (ser absolutamente autosuficiente) se especializa en la producción de algunos bienes para luego trocar parte de ellos por los que producen otros individuos bajo condiciones más ventajosas.

Esto es así porque algunas circunstancias personales, tales como su habilidad, interés, conocimientos, actitud, preferencias, capital y ubicación geográfica, además de otras como clima y calidad de suelo, varían mucho de individuo a individuo y a través de regiones; dotando a cada persona de condiciones óptimas para ciertas actividades. Ahora, cuantas más personas intervengan y más variadas sean sus circunstancias, mayores serán las posibilidades de incrementar el nivel de bienestar para todos a través de la especialización y el intercambio. El nivel de bienestar que pudiesen alcanzar dos personas con circunstancias parecidas, condenadas a intercambiar pocos productos (arroz y carne) solamente entre ellas, es muy inferior al que lograrían si tuviesen la oportunidad de intercambiar con miles de personas cuyas circunstancias fueran diferentes a las suyas y que produjeran bienes también distintas (leche, uvas, frijol, legumbres, etc.).

Por sus evidentes bondades, este principio elemental es universalmente aceptado. No creo que haya un solo ser humano que no lo entienda y acoja. Se ha aceptado a escala personal. Por ejemplo, muchos han decidido especializarse en medicina, periodismo, educación, fontanería, agricultura, para trocar sus bienes o servicios por los de otros. El médico trueca sus servicios por los del carnicero, panadero, fabricante de automóviles o chofer de autobús. Dicho galeno no es a la vez fontanero, fabricante de autos o carnicero. También se ha aceptado en el ámbito distrital, cantonal, provincial y regional. Ningún distrito, cantón o provincia de este país produce todo lo que consume. Se especializan e intercambian. La provincia de San José produce café; la de Limón, yuca, bananos. Intercambian. La Región Norte produce arroz, melones, carne de res; el Valle Central, cebollas, tomate, cocinas, refrigeradoras e intercambian sin ninguna restricción. Igualmente, no hay conflictos entre las regiones costeras. En Limón se consume pescado de Puntarenas; y en esta última, carne de tortuga y langostas del Atlántico.

¿Qué sucede entonces a escala de país? ¿Por qué no ocurre lo mismo? ¿Por qué el principio económico (y de sentido común) es tan claro y funciona tan bien en todos los otros ámbitos, excepto en ésta? Obviamente, el problema no es el principio, el cual aplica de igual modo para todas las escalas, incluyendo la mundial. El problema es enteramente político (¡Siempre los nefastos políticos!). Veamos más. Si mañana Costa Rica se unificara con Nicaragua, tal como hicieron las dos Alemanias, todo el problema de tipo comercial que ahora existe desaparecería, y los productos de Pérez Zeledón irían a Masaya sin causar ningún desastre (todo lo contrario). Ahora, si en un futuro próximo, Limón se separara administrativamente del resto del país (ya hay un proyecto serio de autonomía para esa región) inmediatamente nuestros políticos empezarían a tomar medidas con el fin de evitar el libre intercambio entre el resto de Costa Rica y esa Región Autónoma. Alegarían que los agricultores limonenses arruinarían a los productores ticos; que el libre intercambio empobrece. Pero, si fuese así ¿por qué no lo hace antes de la separación? Lo económico no variaría, sólo lo político. En realidad el problema radica en la mezquindad e idiotez política, además de una mentalidad de rebaño. Nada más.

En esta área de acción humana, tan importante para el bienestar, la perversidad de los políticos es notoria. Comúnmente en Latinoamérica se habla de represalias cuando un país rico impone alguna restricción comercial; pero, ¿quién gana o, mejor, quién pierde más con esa acción? La tragicomedia de las represalias se desarrolla de la siguiente manera: el Gobierno estadounidense le impone una restricción a un exportador latinoamericano, entonces el Gobierno del país latinoamericano reacciona diciendo: "Si usted no permite que mi productor de X se beneficie vendiendo en su país, yo no permitiré que su productor de Y se beneficie vendiendo en el mío". Esta expresión se traduce en: "Si usted no permite que sus consumidores de X se beneficien, yo tampoco permitiré que mis consumidores de Y lo hagan. Lo que ya es una monumental estupidez. ¿Por qué deben sufrir los consumidores de Y? No obstante, ésta tampoco es toda la verdad. Lo que verdaderamente anuncia el desalmado político latinoamericano es lo siguiente: "Si eres capaz de perjudicar a tus consumidores de X, los cuales gastan menos del 8% de sus ingresos en ese rubro, yo te voy a demostrar que soy más macho y más cruel que tú, y no permitiré que mis famélicos y paupérrimos consumidores, quienes gastan entre 60% y 80% de sus ingresos en alimentos, se nutran con tu baratísimo alimento". Acto seguido, y sin inmutarse, le impone un arancel de 100% a la leche y 320% a las alas de pollo. El domingo siguiente va a misa y reza por los pobres.

Rigoberto Stewart
(La Nación, C. R., 5/2/97)

 

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